martes, 4 de diciembre de 2012

El escultor de palabras


      Me gusta como esculpes las palabras y extraes ideas de formas exquisitas de la piedra informe que tienes entre tus manos, hasta que logras mostrarme con ellas los trozos más valiosos de tu corazón. Siempre has tenido esa rara pericia, desde el principio de conocernos, hace ya tantos años…aunque en este caso ¡nunca es demasiado tiempo! Al principio no era consciente de ella, nuestra mutua torpeza, que enturbiaba mi mirada, hacía que me fijara más en las lascas que saltaban  que en el resultado de aquella piedra rugosa que modelabas.
         Los años han pasado y tu martilleo constante sobre la piedra te ha convertido en el más hábil de los artesanos. Tus palabras brotan como tallos verdes de primavera, las vas haciendo crecer despojándole de todos esos artificios que estorban su lozanía hasta conseguir esas formas únicas de irresistible belleza que hablan de ti, de mí y de nosotros y recrean en mis recuerdos las caricias de tus manos y el empuje arduo de tu sexo cada vez que me adornaste con él entre mis piernas.  Como si tuvieran alas se desprenden del bloque inicial volando hasta mí. Incluso en la lejanía logras envolverme con ellas a semejanza de un manto de besos. Me recreo en esas sensaciones y una vez más me dejo llevar de la mano por ti, mientras me atraviesas con ellas hasta lo más hondo.  Al posarse sobre mí me abrazan, envolviéndome en tu ternura, y me abrasan, haciendo arder mi corazón.
           Nunca he sabido cómo lo consigues, pero tus palabras me provocan placenteros temblores,  que a semejanza de caricias, incluso en la distancia logras conducirme como en fluido torrente hacia lo más hondo de tu estuario. Continúa produciéndolas y no te canses nunca de crearlas, que ellas, como anhelante lluvia, sigan calmando mis tiempos de sequía.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Esos ojos grises


            
        Recuerdo bien nuestra primera cita, fue en aquella comida. A la hora del postre, cuando ya había nacido entre nosotros esa mutua cordialidad, me sinceraba contigo:
-Es que mi vida tiene un color tan gris…
-¿Y el gris es malo?- me respondiste, mirándome intensamente a mis ojos. Y entonces los vi…
            ¡Tus ojos!, ahora me fijaba en su color,.. Eran de un gris intenso y luminoso que empezaban a hablarme sin palabras y a decir lo que empezabas a sentir por mí. Una leve flexión de mi cuello hizo que, en un instante, nuestros labios se endulzaran recíprocamente del sabor ajeno.
            Salimos del restaurante cogidos de la mano, yo me sentía como si anduviera por el aire y me condujiste hasta tu casa. Cuando cerraste la puerta a tu espalda, fue como si nuestros brazos y labios hubieran cobrado vida en esa ansiosa búsqueda del otro. Con la facilidad de una cremallera desabotonaste mi camisa, quedando mi pecho alborotado y expuesto a las caricias de tus dedos y al gustoso roce de tus labios. Poco a poco fueron estos descendiendo, dibujando un camino húmedo hasta más abajo de mi ombligo. En un solo acto deshiciste la hebilla del cinturón y el botón del pantalón. Liberaste mi sexo que oprimido y cálido salió al aire. Sólo una décima de segundo porque al poco estaba “refrescándose” intensamente con la humedad que encerraba el interior de tu boca.
            Tus labios, como un anillo mágico, lo recorrían arriba y abajo, aumentando placenteramente su tamaño., mientras tu lengua cosquilleaba con agilidad su extremo que disfrutaba de puro tenso. Un cosquilleo nervioso recorrió todo mi cuerpo, un espontáneo gesto de mi cuello lanzó mi cabeza hacia atrás, pero antes admiré tu afán dadivoso para conmigo, mientras tus ojos grises picarones y sobresalientes contemplaban el efecto que me producía. De pronto, ya no pude más o, mejor dicho, lo pude todo. Cerré los párpados, sentí como se erizaba el vello de todo mi cuerpo y cómo me desparramaba en chorros en el interior de tu boca, mientras aparte de mis gemidos escuchaba el sonido de tu garganta al tragar. Abrí un instante los ojos para verte, me miraste y lo único que se me ocurrió fue el pensar que el gris no sería, nunca más para mí, sinónimo de triste, más bien ¡todo lo contrario!

martes, 18 de septiembre de 2012

Tengo envidia


          Tengo envidia, en tu ausencia, de tus horas de sueño.  De esas sábanas que envuelven tu figura desnuda a lo largo de toda la noche, del colchón que se ondula aguantando el peso liviano de tu cuerpo y de esa ventana abierta en que la hermosura de la luna palidece al contemplarte a su través.
            Tengo envidia de tus despertares, de tu primera saliva del día dando brillo a tus labios, de tu cabello encrespado que reviste tu rostro de esa espontaneidad madrugadora de tus pechos maduros, que desperezan sus cimas, encrespándose con el amanecer y de esa oquedad que, situada entre las cúspides de tus piernas, gotea con esa levedad del ansia, que tanto disfruto, cuando estoy a tu lado.
            Tengo envidia de todo lo que te rodea, de ese murmullo tempranero que, provoca el viento sobre la lavanda y el tomillo y rompe el silencio. Quiero recrear mi oído lejano con ese gorjeo que te espabila de las lavanderas blancas y el canto del ruiseñor.
            Tengo envidia de tu camisón que surca el aire hacia el colchón, tras haber ceñido, durante tantas horas tu cuerpo. También, cómo no, del aire que viste tus desnudeces en el camino hacia la ducha, del espejo que quisiera ser mis ojos y te refleja y de las zapatillas que acogen con ternura los dedos  de tus pies.
            Tengo envidia de esa agua cálida que resbala desde tu cabeza a tus pies, de tu cabello húmedo que cosquillea tus hombros y de la toalla que con suavidad va secando cada centímetro de tu piel.
            Tengo envidia del café caliente que te entona, del zumo fresco que revitaliza tu garganta y de esas migas de pan en aceite que se te pegan en los labios, como si anhelaran mis besos.
            Al fin, tengo envidia, de tu mañana de descanso, mientras tu cuerpo desnudo se balancea en la hamaca, de esos sueños maravillosos que tienes cuando estás despierta y en los que me eriges como protagonista y sobre todo de ese momento en que al mediodía tu espera se verá colmada cuando yo llegue y te puedas perder en mis brazos. 

martes, 4 de septiembre de 2012

Agarrada a la almohada


         ¡Uy, que bien he dormido! Me despierto agarrada a la almohada y me noto muy a gusto y descansada, debe ser de ese ajetreo que me diste antes de dormir.  El roce de mi entrepierna con el colchón hace que aún me escueza levemente y es que cuando te pones a amarme, afortunadamente para mí, no hay quien te agote. Aún duermes, me gusta verte así y admirar tu cuerpo desnudo con esta luz tibia del amanecer. Te recorro con mi mirada. Ese cabello revuelto cada vez más blancos, tus pestañas que se alzan orgullosas hacia ell techo y el aire de tu respiración sosegada que escapa como un silencioso murmullo a través de tus labios entreabiertos. Tus labios…¿será cosa del reposo? Pero los veo como más hinchados, atrayéndome. Paladeo inconscientemente los míos y me parece que aún tengo, metidos en ellos, el sabor de los tuyos, de tus besos con ese dulzor que acaricia tu saliva. Siempre vas pulcramente afeitado pero ya comienzan a asomar los pelos de tu barba, acercaría mi cara simplemente para sentir cómo la arañas con ellos, me encanta ese roce basto sobre ella, pero no quiero despertarte.
            La luz naciente arranca reflejos a ese vello, entrecano, alborotado de tu pecho. Reprimo mis manos que quieren saltar hacia él, para acariciarlo y arrebujarme en tus brazos. ¡Qué sensación más maravillosa la de sentirme rodeada por ti, me siento con esa seguridad única con que habitaba el regazo materno! Mientras te mordería  las tetillas, sé que eso te vuelve loco, y no digamos a mí el sentir su tacto carnoso, entre mis dientes, que progresivamente se endurece.  Tu ombligo se vuelve hacia sí, como una media luna en torno a lo que brotan, pelos negros que lo rodean caminando hasta tu pubis y rodeando tu sexo. No puedo evitar el reírme, aprovechando que no me ves, al verlo ahora tan minúsculo, ¡qué diferencia con ese duro mástil con el que me atravesaste anoche y con el que me arrancaste tanto placer! Es enteramente otro y sueño con ese momento en que vuelvas a tomar posesión de mí. Umm sólo de pensarlo tengo que apretar las piernas, así parece que aguanto mejor las ganas.
            Tus piernas largas y musculosas se alargan por el colchón hasta llegar a tus pies. Me gustan tus piernas…y cada vez que las veo las imagino rodeando mis nalgas en ese abrazo tuyo que me hace volar hasta las nubes. Sigo los caminos de sus músculos hasta llegar a tus pies, grandes como los de una estatua griega, que se doblan cada uno a un lado.
            Abres los ojos, me sonríes con tus labios mientras observo que aquella forma escuálida de hace un momento va levantándose como una serpiente ante la música de un encantador. Tus brazos abandonan su estatismo y se levantan hacia mí, suelto la almohada y voy a tu encuentro...

miércoles, 29 de agosto de 2012

La llave mágica


            Siempre fue un misterio para mí, hasta que te conocí, lo que tú llamabas mi cofre del tesoro. Oculto y velado a mis ojos, incluso en esos momentos en que intentaba verlo, girando mi cabeza, se movía y eludía mi mirada. Empecé a acostumbrarme a él a partir de que notara cómo lo contemplabas y de que, de vez en cuando, me lo fueras describiendo: el tono de su superficie, cada uno de sus recovecos, uno a uno sus lunares (que tanto te provocaban)…pero la entrada a él  la tenía prohibida a cualquier goce. Me educaron en el pensamiento de que sólo era lícito el placer por delante o por arriba y que el revés de mi cuerpo sólo tenía una única y delimitada función. Tú me hablabas de esas nuevas sensaciones, que yo no podía imaginar. Mi deseo por ti me empujaba a creerte, pero mi bloqueo me podía y aquel cofre permaneció herméticamente cerrado.
         Hasta aquel día… Todavía no sé muy bien cómo lo hiciste, pero debías de estar tan harto de insistirme que ya no me dijiste nada y en vez de articular palabras, usaste tu lengua de una manera diferente para convencerme. Aprovechando que estaba tumbada desnuda y boca abajo, se alió con tus dedos en caricias suaves y repetitivas que arrancaban, de la zona situada bajo mi espalda, deleites de progresiva intensidad. Aunque era un día fresco de los poros excitados de mi piel brotaban gotas brillantes de sudor. Hubo un instante en el que tu lengua me  pulsó me un determinado punto, situado entre mis nalgas, y me provocó una corriente eléctrica de apetitos nuevos, que derribó mis muros más firmes. Mi mano, entonces, se deslizó hacia la tuya, apretándola, como si con ello te hiciera entrega de la llave mágica del cofre de mis tesoros.
            Percibí cómo la cogías entre tus manos y te aproximabas a  mí con la suavidad del vuelo de una mariposa, explorabas con mimo deseoso aquella entrada y sin aprovecharte de la confianza que te había entregado la fuiste, muy poco a poco, introduciendo en mi cerradura. Sentí una sensación extraña ¿molesta?, pero paradójicamente gustosa, eso fue sólo unos instantes porque aquella aparente incomodidad fue transformándose en un manantial de deseo que fue invadiendo todo mi cuerpo. Yo quería más, mucho más, sentir como esa llave seguía su camino. Un cosquilleo gratamente insoportable me produjo el contacto alborotado del vello de tu pubis con mi piel. La persistente penetración de la llave con las paredes de mi cerradura se transformó en intensa caricia y fue fluyendo hasta la mayor de mis honduras con suma habilidad. Llegó un momento en que ya no pude aguantar más, fue como si los goznes necesarios hicieran saltar de golpe la tapa de  aquel cofre, que ha quedado abierto, de par en par, y en el que desde entonces compartimos nuestro mutuo placer.

sábado, 18 de agosto de 2012

Su baile


          Nací hace muchos años en el barrio de Santiago de Jerez de la Frontera, en donde crecí al ritmo de bailes y cantes flamencos. Desde que tengo recuerdos siento fluir el baile por mi sangre y hasta cuando camino por la calle me cimbreo al aire de sus compases. Razones laborales me llevaron al nordeste y fue cuando conocí a una catalana de rizos castaños, que se adueñó de mi corazón. Los inicios, como suelen ser en estos casos, fueron maravillosos pero la continuidad de la relación hizo que a mí me empezara a faltarme algo de ella: el baile.

            Y en días azules y noches de estrella intenté enseñarle los rudimentos de esos movimientos que eran mi vida. Ella, respondiendo a mi insistencia, lo intentó, pero carente de todo duende, las piernas se le anudaban y se torcía los dedos de los pies en imposibles piruetas. Me llegué a “resignar” a aquella carencia que nos acompañaba, hasta que  llegó nuestro quince aniversario…

            Llegué a casa de trabajar y cuando le di al interruptor de la luz, ésta seguía ausente. Siéntate en el sofá, me dijo.  Y entré en el salón, sentándome, donde una luz tenue iluminaba desde un rincón.  Una música oriental rompió el silencio y a través de la puerta apareció ella envuelta en sinuosos movimientos y desnuda salvo una escasa tela negra con la que velaba el hueco entre sus piernas. Sus brazos extendidos hacia el techo descendieron por los aires haciendo dibujos invisibles, mientras sus pechos, como dos fanales que alumbraran su cuerpo, oscilaban desacompasada pero rítmicamente con aquella música. En sus aureolas superlativas destacaban sus pezones cuyos centros se acrecentaban a medida que se endurecían. Las caderas se le ondulaban, flexionando sus piernas y adelantaba su ombligo hasta mí, tan próximo que llegaba a aspirar el olor intenso de su sexo que untaba mi nariz tras atravesar la tela. En un determinado momento, con un simple gesto, aquella tela se desprendió de su cuerpo, aleteando, hasta caer sobre mis ojos. Y sentí como su más bello escondrijo con movimientos acompasados, se deslizaban por mi rostro hasta encontrarse con mi boca.  Sus piernas colgaron por encima del sofá y sus labios con mis labios conversaron humedecidos por el sabor intenso que manaba del manantial de sus honduras. Mi lengua escapaba de mí hacia ella, queriendo herirla de goce, quedando quieta y expectante cuando, tras un trabajoso ajetreo, su cuerpo cambió el ritmo de la música por el de sus hondos gemidos y las sacudidas espontáneas e intensas del placer. Tras ese momento sus labios y los míos quedaron quietos, en íntimo contacto, sintiendo sólo sus mutuos latidos como si dentro tuvieran unos pequeños corazoncitos. Nuestros cuerpos impregnados en sudor ajeno se derrumbaron uno sobre otro…

            Nunca más, después de eso, eché de menos el baile. Me di cuenta de que ella estaba también dotada para el  baile, pero para uno diferente y, sin duda, más gustoso que el mío.

domingo, 5 de agosto de 2012

Ahogada en besos


      Era su primera vez. Sí ya sabía que no estaba haciendo nada malo, pero tras tantos años de casada, se le hacía cuesta arriba irse de viaje a la costa con sus dos amigas y dejar en casa trabajando a su marido. Claro que la pasión no era la de antes y que, además, le vendría muy bien el cambio de aires, pero aún ya decidida, le seguía dando un “nosequé”. Salió de casa sentada de copiloto y abrió la ventana para disfrutar del aire que, caprichosamente, le encrespó su cabellera. Empezó a saborear los olores como el de la hierba seca de los campos que le despertó el olfato. Tras unas decenas de kilómetros, la brisa del mar le anunció, aún lejos, la cercanía de aquellas ansiadas olas por las que anhelaba  dejar abrazarse. Llegaron al  hotel y ahora le acompañó una sabrosa mezcla a romero y limón y el aroma a piscina que empezó a despertar su sensibilidad dormida. Era ya tarde y sólo pudieron comer algo y, en seguida, les venció el sueño.

Cuando despertó por la mañana, le acompañó el rumor de la respiración leve, nada que ver con aquellos escandalosos ronquidos de su marido, de sus amigas en las cercanas camas. De repente sintió con una extraña sensación a la que no podía dar nombre. Por un lado se sentía nueva, diferente, con una nueva capacidad de desarrollar muchas cosas, pero de pronto algo cosquilleó en su interior. Por la persiana un tenue rayo de sol le arrancaba brillos a la lámpara metálica del techo, Un cierto anhelo le empezó a recorrer de pies a cabeza.  Primero muy suavemente, casi imperceptible, era como una corriente eléctrica que la iba envolviendo por toda su superficie. ¿Qué le sucedìa? Se dio cuenta de lo que era: no estaba acostumbrada a despertarse así.

Desde hacía muchos años, sus primeras sensaciones del día estaban revestidas de humedad. Desde que se casó nunca había tenido que poner el despertador, ni siquiera  recordaba cuando fue la última vez que se despertó sola. Eran los labios de él, rodeados por esa barba incipiente, que arañaba su cara y la adornaba en sensaciones paradójicas,  la que la cubría de besos. Siempre hacía lo mismo, los primeros besos eran menudos, unos simples, hasta que ella iba despertando y comenzaba a desperezarse, con los que lo aumentaba en ímpetu y humedad. Él era reiterativo en besos, en los primeros días a ella llegaba a agobiarse con tanta desmesura, pero con el tiempo los gozaba hasta extremos inimaginables. Y consciente de ello, él los multiplicaba cuando no quedaba ningún centímetro de su cara seca, bajaba por el cuello, se engolosinaba con sus pechos en donde tras besar succionaba y luego, sin prisas, saltaba a sus pies que parecía afilarlos con sus labios. Enroscaba los labios por sus piernas hasta llegar a ese punto, entre ellas, que lo esperaba brillante y gustoso. Allí le hacía ese boca a “labios” matinal, hasta que el cuerpo de ella agitado por acelerados temblores acababa, una vez exhausto, detenido. En ese momento, aún con su cuerpo dotado de una imperceptible vibración, posaba sus pies desnudos en el suelo con la dulce sensación de sentirse ahogada en besos.

            Pensó todo esto y no pudo esperar más en la cama. Se vistió rápidamente lo que hizo que sus amigas se despertaran sobresaltadas:
-¿A dónde vas ahora?- le preguntaron.
-A casa.
-¿Y eso?
-Me voy corriendo a ver si todavía llego a tiempo de que me despierte de la siesta- fue lo último que sus amigas escucharon, tras cerrar ella, con un golpe, a su espalda la puerta de la habitación.