martes, 4 de septiembre de 2012

Agarrada a la almohada


         ¡Uy, que bien he dormido! Me despierto agarrada a la almohada y me noto muy a gusto y descansada, debe ser de ese ajetreo que me diste antes de dormir.  El roce de mi entrepierna con el colchón hace que aún me escueza levemente y es que cuando te pones a amarme, afortunadamente para mí, no hay quien te agote. Aún duermes, me gusta verte así y admirar tu cuerpo desnudo con esta luz tibia del amanecer. Te recorro con mi mirada. Ese cabello revuelto cada vez más blancos, tus pestañas que se alzan orgullosas hacia ell techo y el aire de tu respiración sosegada que escapa como un silencioso murmullo a través de tus labios entreabiertos. Tus labios…¿será cosa del reposo? Pero los veo como más hinchados, atrayéndome. Paladeo inconscientemente los míos y me parece que aún tengo, metidos en ellos, el sabor de los tuyos, de tus besos con ese dulzor que acaricia tu saliva. Siempre vas pulcramente afeitado pero ya comienzan a asomar los pelos de tu barba, acercaría mi cara simplemente para sentir cómo la arañas con ellos, me encanta ese roce basto sobre ella, pero no quiero despertarte.
            La luz naciente arranca reflejos a ese vello, entrecano, alborotado de tu pecho. Reprimo mis manos que quieren saltar hacia él, para acariciarlo y arrebujarme en tus brazos. ¡Qué sensación más maravillosa la de sentirme rodeada por ti, me siento con esa seguridad única con que habitaba el regazo materno! Mientras te mordería  las tetillas, sé que eso te vuelve loco, y no digamos a mí el sentir su tacto carnoso, entre mis dientes, que progresivamente se endurece.  Tu ombligo se vuelve hacia sí, como una media luna en torno a lo que brotan, pelos negros que lo rodean caminando hasta tu pubis y rodeando tu sexo. No puedo evitar el reírme, aprovechando que no me ves, al verlo ahora tan minúsculo, ¡qué diferencia con ese duro mástil con el que me atravesaste anoche y con el que me arrancaste tanto placer! Es enteramente otro y sueño con ese momento en que vuelvas a tomar posesión de mí. Umm sólo de pensarlo tengo que apretar las piernas, así parece que aguanto mejor las ganas.
            Tus piernas largas y musculosas se alargan por el colchón hasta llegar a tus pies. Me gustan tus piernas…y cada vez que las veo las imagino rodeando mis nalgas en ese abrazo tuyo que me hace volar hasta las nubes. Sigo los caminos de sus músculos hasta llegar a tus pies, grandes como los de una estatua griega, que se doblan cada uno a un lado.
            Abres los ojos, me sonríes con tus labios mientras observo que aquella forma escuálida de hace un momento va levantándose como una serpiente ante la música de un encantador. Tus brazos abandonan su estatismo y se levantan hacia mí, suelto la almohada y voy a tu encuentro...

miércoles, 29 de agosto de 2012

La llave mágica


            Siempre fue un misterio para mí, hasta que te conocí, lo que tú llamabas mi cofre del tesoro. Oculto y velado a mis ojos, incluso en esos momentos en que intentaba verlo, girando mi cabeza, se movía y eludía mi mirada. Empecé a acostumbrarme a él a partir de que notara cómo lo contemplabas y de que, de vez en cuando, me lo fueras describiendo: el tono de su superficie, cada uno de sus recovecos, uno a uno sus lunares (que tanto te provocaban)…pero la entrada a él  la tenía prohibida a cualquier goce. Me educaron en el pensamiento de que sólo era lícito el placer por delante o por arriba y que el revés de mi cuerpo sólo tenía una única y delimitada función. Tú me hablabas de esas nuevas sensaciones, que yo no podía imaginar. Mi deseo por ti me empujaba a creerte, pero mi bloqueo me podía y aquel cofre permaneció herméticamente cerrado.
         Hasta aquel día… Todavía no sé muy bien cómo lo hiciste, pero debías de estar tan harto de insistirme que ya no me dijiste nada y en vez de articular palabras, usaste tu lengua de una manera diferente para convencerme. Aprovechando que estaba tumbada desnuda y boca abajo, se alió con tus dedos en caricias suaves y repetitivas que arrancaban, de la zona situada bajo mi espalda, deleites de progresiva intensidad. Aunque era un día fresco de los poros excitados de mi piel brotaban gotas brillantes de sudor. Hubo un instante en el que tu lengua me  pulsó me un determinado punto, situado entre mis nalgas, y me provocó una corriente eléctrica de apetitos nuevos, que derribó mis muros más firmes. Mi mano, entonces, se deslizó hacia la tuya, apretándola, como si con ello te hiciera entrega de la llave mágica del cofre de mis tesoros.
            Percibí cómo la cogías entre tus manos y te aproximabas a  mí con la suavidad del vuelo de una mariposa, explorabas con mimo deseoso aquella entrada y sin aprovecharte de la confianza que te había entregado la fuiste, muy poco a poco, introduciendo en mi cerradura. Sentí una sensación extraña ¿molesta?, pero paradójicamente gustosa, eso fue sólo unos instantes porque aquella aparente incomodidad fue transformándose en un manantial de deseo que fue invadiendo todo mi cuerpo. Yo quería más, mucho más, sentir como esa llave seguía su camino. Un cosquilleo gratamente insoportable me produjo el contacto alborotado del vello de tu pubis con mi piel. La persistente penetración de la llave con las paredes de mi cerradura se transformó en intensa caricia y fue fluyendo hasta la mayor de mis honduras con suma habilidad. Llegó un momento en que ya no pude aguantar más, fue como si los goznes necesarios hicieran saltar de golpe la tapa de  aquel cofre, que ha quedado abierto, de par en par, y en el que desde entonces compartimos nuestro mutuo placer.

sábado, 18 de agosto de 2012

Su baile


          Nací hace muchos años en el barrio de Santiago de Jerez de la Frontera, en donde crecí al ritmo de bailes y cantes flamencos. Desde que tengo recuerdos siento fluir el baile por mi sangre y hasta cuando camino por la calle me cimbreo al aire de sus compases. Razones laborales me llevaron al nordeste y fue cuando conocí a una catalana de rizos castaños, que se adueñó de mi corazón. Los inicios, como suelen ser en estos casos, fueron maravillosos pero la continuidad de la relación hizo que a mí me empezara a faltarme algo de ella: el baile.

            Y en días azules y noches de estrella intenté enseñarle los rudimentos de esos movimientos que eran mi vida. Ella, respondiendo a mi insistencia, lo intentó, pero carente de todo duende, las piernas se le anudaban y se torcía los dedos de los pies en imposibles piruetas. Me llegué a “resignar” a aquella carencia que nos acompañaba, hasta que  llegó nuestro quince aniversario…

            Llegué a casa de trabajar y cuando le di al interruptor de la luz, ésta seguía ausente. Siéntate en el sofá, me dijo.  Y entré en el salón, sentándome, donde una luz tenue iluminaba desde un rincón.  Una música oriental rompió el silencio y a través de la puerta apareció ella envuelta en sinuosos movimientos y desnuda salvo una escasa tela negra con la que velaba el hueco entre sus piernas. Sus brazos extendidos hacia el techo descendieron por los aires haciendo dibujos invisibles, mientras sus pechos, como dos fanales que alumbraran su cuerpo, oscilaban desacompasada pero rítmicamente con aquella música. En sus aureolas superlativas destacaban sus pezones cuyos centros se acrecentaban a medida que se endurecían. Las caderas se le ondulaban, flexionando sus piernas y adelantaba su ombligo hasta mí, tan próximo que llegaba a aspirar el olor intenso de su sexo que untaba mi nariz tras atravesar la tela. En un determinado momento, con un simple gesto, aquella tela se desprendió de su cuerpo, aleteando, hasta caer sobre mis ojos. Y sentí como su más bello escondrijo con movimientos acompasados, se deslizaban por mi rostro hasta encontrarse con mi boca.  Sus piernas colgaron por encima del sofá y sus labios con mis labios conversaron humedecidos por el sabor intenso que manaba del manantial de sus honduras. Mi lengua escapaba de mí hacia ella, queriendo herirla de goce, quedando quieta y expectante cuando, tras un trabajoso ajetreo, su cuerpo cambió el ritmo de la música por el de sus hondos gemidos y las sacudidas espontáneas e intensas del placer. Tras ese momento sus labios y los míos quedaron quietos, en íntimo contacto, sintiendo sólo sus mutuos latidos como si dentro tuvieran unos pequeños corazoncitos. Nuestros cuerpos impregnados en sudor ajeno se derrumbaron uno sobre otro…

            Nunca más, después de eso, eché de menos el baile. Me di cuenta de que ella estaba también dotada para el  baile, pero para uno diferente y, sin duda, más gustoso que el mío.

domingo, 5 de agosto de 2012

Ahogada en besos


      Era su primera vez. Sí ya sabía que no estaba haciendo nada malo, pero tras tantos años de casada, se le hacía cuesta arriba irse de viaje a la costa con sus dos amigas y dejar en casa trabajando a su marido. Claro que la pasión no era la de antes y que, además, le vendría muy bien el cambio de aires, pero aún ya decidida, le seguía dando un “nosequé”. Salió de casa sentada de copiloto y abrió la ventana para disfrutar del aire que, caprichosamente, le encrespó su cabellera. Empezó a saborear los olores como el de la hierba seca de los campos que le despertó el olfato. Tras unas decenas de kilómetros, la brisa del mar le anunció, aún lejos, la cercanía de aquellas ansiadas olas por las que anhelaba  dejar abrazarse. Llegaron al  hotel y ahora le acompañó una sabrosa mezcla a romero y limón y el aroma a piscina que empezó a despertar su sensibilidad dormida. Era ya tarde y sólo pudieron comer algo y, en seguida, les venció el sueño.

Cuando despertó por la mañana, le acompañó el rumor de la respiración leve, nada que ver con aquellos escandalosos ronquidos de su marido, de sus amigas en las cercanas camas. De repente sintió con una extraña sensación a la que no podía dar nombre. Por un lado se sentía nueva, diferente, con una nueva capacidad de desarrollar muchas cosas, pero de pronto algo cosquilleó en su interior. Por la persiana un tenue rayo de sol le arrancaba brillos a la lámpara metálica del techo, Un cierto anhelo le empezó a recorrer de pies a cabeza.  Primero muy suavemente, casi imperceptible, era como una corriente eléctrica que la iba envolviendo por toda su superficie. ¿Qué le sucedìa? Se dio cuenta de lo que era: no estaba acostumbrada a despertarse así.

Desde hacía muchos años, sus primeras sensaciones del día estaban revestidas de humedad. Desde que se casó nunca había tenido que poner el despertador, ni siquiera  recordaba cuando fue la última vez que se despertó sola. Eran los labios de él, rodeados por esa barba incipiente, que arañaba su cara y la adornaba en sensaciones paradójicas,  la que la cubría de besos. Siempre hacía lo mismo, los primeros besos eran menudos, unos simples, hasta que ella iba despertando y comenzaba a desperezarse, con los que lo aumentaba en ímpetu y humedad. Él era reiterativo en besos, en los primeros días a ella llegaba a agobiarse con tanta desmesura, pero con el tiempo los gozaba hasta extremos inimaginables. Y consciente de ello, él los multiplicaba cuando no quedaba ningún centímetro de su cara seca, bajaba por el cuello, se engolosinaba con sus pechos en donde tras besar succionaba y luego, sin prisas, saltaba a sus pies que parecía afilarlos con sus labios. Enroscaba los labios por sus piernas hasta llegar a ese punto, entre ellas, que lo esperaba brillante y gustoso. Allí le hacía ese boca a “labios” matinal, hasta que el cuerpo de ella agitado por acelerados temblores acababa, una vez exhausto, detenido. En ese momento, aún con su cuerpo dotado de una imperceptible vibración, posaba sus pies desnudos en el suelo con la dulce sensación de sentirse ahogada en besos.

            Pensó todo esto y no pudo esperar más en la cama. Se vistió rápidamente lo que hizo que sus amigas se despertaran sobresaltadas:
-¿A dónde vas ahora?- le preguntaron.
-A casa.
-¿Y eso?
-Me voy corriendo a ver si todavía llego a tiempo de que me despierte de la siesta- fue lo último que sus amigas escucharon, tras cerrar ella, con un golpe, a su espalda la puerta de la habitación.

domingo, 29 de julio de 2012

Los viernes de doña Rosario


          Doña Rosario, así le llamaban sus alumnos, regresaba a casa, acompañada del cansancio de toda la semana. Dejaba su cartera sobre la silla y con ese simple gesto intentaba depositar todo lo que, durante aquellos siete días, le había ido socavando por dentro. Se deshizo del moño que caracterizaba su imagen y su oculta melena se desplegó sobre su nuca como un velamen sacudido por el viento. Colgó su clásico traje gris de chaqueta y falda por debajo de la rodilla, delicadamente, sobre la silla y se deshizo en el cubo de la ropa sucia de su blusa que atisbaba olor a sudor.
            Se examinó en el espejo, un examen muy diferente de los que ponía a sus alumnos, y no se disgustó, abrazada por la sedosa tela de su conjunto de ropa interior color vino tinto, se regodeaba de que los embates del tiempo no le hubieran influido en demasía, a pesar de encontrarse en la linde de la cincuentena. Se desabrochó el sujetador gozando del lento roce de los encajes deslizándose por sus orondos pechos y quedando durante un instante, enganchado en lo que ahora se habían convertido en sus cimas endurecidas. Lo dejó caer hasta el suelo y quedó solamente cubierta por aquellas bragas que ocultaban la entrada a su más sensible ranura.
            Se tumbó sobre  el colchón, haciendo que sus dedos murmullearan despacio, primero por sus labios y luego, impregnados de la humedad de saliva, los hacía descender por su cuello y dibujar líneas caprichosas sobre su pecho. En ello se mantenía sin esa dictadura del reloj que la controlaba durante la semana, hasta que, imposible de resistir la dureza de pedernal de sus pezones, sus manos se veían empujadas al hueco que, ahora anhelante, clamaba entre sus piernas. Sus caricias no iban directamente a él, pensaba si ello sería era un amargo fruto de su educación, sino a través de la tela de la braga. Primero rozaba levemente con las uñas y luego provocaba una leve fricción, reiterada, que acababa provocándole una creciente excitación que se reflejaba en la tela empapada y goteante de las bragas. En ese momento se las quitaba y las lanzaba por el aire sin la preocupación de en donde cayeran. Ahora sí, necesitaba con urgencia calmar, mediante caricias, el ansia desesperada con que suspiraba su clítoris. Deslizaba sus dedos por aquella parte de su piel que desprovista de vello era extremadamente suave. Rebuscaba como hábil zahorí por donde manaban las humedades, hasta sumergir sus dedos en ellas, y gustaba cada movimiento agitando aquella minúscula capuchita que tanto le provocaba.  Su cuello se levantaba mientas su respiración se entrecortaba volviéndose insistente. Se escuchó a sí misma en un largo y extenso gemido.
Y a pesar de las hojas de calendarios que habían transcurrido desde entonces, en aquel instante, como cada vez que lo hacía, evocaba en su memoria y sobre cada milímetro de su cuerpo, los temblores que le produjo aquel hombre de voz grave cuyo tono le derritió cuando, sosteniéndola entre sus brazos, le dijo al oído:
-¡Cuánto te deseo Charito!

martes, 17 de julio de 2012

Incidente aéreo


        Sintió un cierto asombro, cuando el avión inició el despegue, a pesar de toda la carga aplastante que hundía su ánimo. Diana había quedado en tierra y con ella dejó atrás todas sus ilusiones y quereres de los últimos doce años, ella se fue a trabajar a aquella isla lejana y había compensado la ausencia de él con un nativo de piel canela. Se lo confesó con una sonrisa, mientras él, muy digno, se dio la vuelta y se dirigió al aeropuerto para volver a casa. Iba tan sumido en su tragedia que no la vio hasta que la tuvo encima, una azafata sonriente y de ojos rasgados de brillo esmeralda le preguntaba si quería algún periódico. Titubeó un “no, gracias”, sobresaltado gratamente con aquel rostro que le alegró su vista.

         Sí, tenía que olvidar a Diana y reestructurar su vida, pensaba cada vez que aquella azafata, embutida en un estrecho pantalón gris que le dibujaba escandalosamente las líneas de sus glúteos, pasaba por su lado. Una blusa blanca por la que asomaba la hondura de su escote y un pañuelo rojo de seda en torno a su escultural cuello completaban todo su atuendo.
        
         Fue algo que no buscó pero aquellos paseos tan próximos de aquel cuerpo tan bien terminado, se lo fueron convirtiendo en  deseoso. El leve roce de su brazo cuando atravesaba el pasillo o de aquella bella ondulación trasera con su hombro le provocaron, azuzado por el tiempo de sequía erótica que sobrellevaba, un cierto calentamiento. El colmo fue cuando la azafata se agachó para hablar con un niño y un escueto tanga azul con dos hebillas a los lados asomó sobre su pantalón. Esto terminó produciéndole una leve erección que en pocos minutos estaba totalmente descontrolada. Cogió las instrucciones de salvamento para taparse púdicamente y entonces ocurrió lo peor…

         La voz del piloto les indicó que iban a aterrizar en pocos minutos y que debían abrocharse los cinturones, no había problema él ya lo tenía abrochado. El problema sobrevino cuando aquella azafata de ojos rasgados fue paseando por los pasillos, comprobando que todos los cinturones de los pasajeros estuvieran atados y se detuvo junto a él.

-Por favor, señor, me permite…-le dijo mientras le cogía las instrucciones de salvamento para comprobar el cinturón. Pero…”lo que vió” le hizo desviar los ojos del cinturón, una prominente hinchazón resaltaba, provocando en la tela de los pantalones una tirantez tal que parecía que iba a estallar, los ojos rasgados se redondearon por la sorpresa, mientras una gran sonrisa iluminaba su rostro. Él enrojeció como un tomate….

         Se reían, recordando esto, cuando tras el aterrizaje salía del aeropuerto rodeando aquellas ondulantes caderas de su brazo, porque, afortunadamente para ambos, ella tenía libre la noche…

martes, 19 de junio de 2012

Me gusta acordarme de ti...



…cuando la distancia nos tiene tan alejados y el tiempo se empeña en desdibujarnos mutuamente en la memoria. Me gusta acordarme de ti y luchar contra la distancia y el tiempo a brazo partido, en los distintos instantes de tu día, que es el mío, que es el nuestro. Me gusta acordarme de ti y despertar de mis recuerdos aquellos momentos que compartimos en los que tanta fue la felicidad que nos ahogamos en alegría. Me gusta acordarme de ti degustando aquellas caricias que, con tus dedos y labios, aterrizabas sobre la pista anhelante de mi cuerpo, mientras elucubro en esas otras que has ido elaborando en la distancia para experimentarlas en cuanto estemos juntos. Me gusta acordarme de ti, paladear mis labios y preparar mi lengua para la lucha con la tuya y saborear la jugosa dulzura de tu saliva que me nutre como el mejor de los alimentos. Me gusta acordarme de ti y sentirme envuelto en ese olor tuyo que me excita y despereza a todos mis deseos. Me gusta acordarme de ti, especialmente ahora en que sé que está muy cercano ese momento en que volverás a perderte entre mis brazos, sin preocuparte por dónde está la salida.