viernes, 21 de octubre de 2011
Decírmelo
Hay mucha gente que me quiere...
....pero nadie que me lo diga...
¡de esa manera tan maravillosa
como tú lo haces!
martes, 11 de octubre de 2011
El cocinero novato
Siempre le habían horrorizado los fogones, quizás fue consecuencia de aquel puchero hirviendo que se le derramó encima con cinco años, pero con ayuda de su mujer llevaba tiempo mentalizándose para iniciarse en ellos.
Se le ocurrió sorprenderla, iba a hacer un guiso de marrajo y con la ayuda del google obtuvo la receta. Ya estaba en faena, incluido el lazo a la espalda del mandil floreado que se había colocado. Sacó el marrajo de la bolsa de plástico reprimiendo un gesto de asco ante el tacto escamoso de aquel pescado y el goteo sanguinolento que dejó. Echó el aceite en la olla y cuando comenzó sus primeros hervores, rodajó con levedad una zanahoria y machacó, más que cortó una cebolla y un diente de ajo. Sintió horror ante la mezcla de olores que se agarraron a sus dedos. Todo aquello borboteaba y el aceite daba saltos, de los que él se protegía con inútil destreza con la tapadera de la olla como si blandiera un escudo. Cuando aquella mezcla amarilleó, cogió una botella de vino blanco y chorreó el interior de la olla como si intentara apagar un incendio. Añadió los trozos de marrajo, la sal, una ráfaga de pimienta que le hizo dar dos estornudos y un chorro de agua. Quince minutos haciendo plof, plof decía la receta…
A medida que pasaba el tiempo, su nerviosismo y su impaciencia se hacían más visibles y no paraba de mirar a las agujas del reloj que le parecían moverse con extrema lentitud. Cada vez se arrepentía más de esta idea culinaria que había tenido, ¡seguro que aquello estaba incomible! El timbre del reloj de cocina le despertó de estas cavilaciones, justo en el momento en que sintió la puerta: su mujer acababa de llegar de la calle. Entró por la puerta en el momento en que él giraba a cero el mando de la vitrocerámica.
Ella al ver aquella olla humeante le emitió más que una sonrisa luminosa, destapando la olla, aspirando el olor y mirando en su interior. ¿Me das a probar? , le dijo con una voz que él adivinó teñida de seducción. El introdujo su dedo en el guiso y lo posó, con la mayor de las delicadezas, tintando levemente aquella sonrosada lengua que, con sus papilas deseosas, brotaba de su boca. Los párpados de ella se cerraron, destacándole sus pestañas rizadas y negras y un “ummmmm” salió de su boca al degustar aquel guiso. Él cuerpo de él sufrió unos ciertos temblores y a partir de ese momento, perdiendo cualquier atisbo de miedo y empezando por deshacer el lazo del mandil primero y el botón del pantalón después al que siguió un espontáneo descenso de la cremallera , supo que iba camino de ser un excelente cocinero.
martes, 20 de septiembre de 2011
Una niñera de fiar
Ella se daba cuenta de que aquellos placenteros días eran un mero paréntesis en su vida. Tras ocho años de directora de una central nuclear, la presiones de los ecologistas habían acabado con su trabajo y ennegrecido su futuro. Quiso huir de aquel presente de cielos grises en su nativa Escocia y se fue a emborracharse de sol a aquella costa luminosa de la España mediterránea. Aunque no quería pensarlo, continuamente una pregunta acudía a su cabeza: ¿qué iba a hacer a partir de ahora?
Cada cierto tiempo y cuando sentía su blanca piel demasiado soleada se metía en el agua y se dejaba arrastrar por la espuma de las olas, que si bien cauterizaban, en parte, sus heridas no le hacían superar su amargura. Aquella mañana mientras paseaba por la playa con su sombrilla amarilla en la mano, para protegerse del sol, vio una larga cola de mujeres que serpenteaba hasta un chiringuito. Se interesó, curiosa, por aquello y le comentaron que estaban haciendo un “casting”, eso le dijo su antecesora en la cola, para elegir una educadora para los dos niños de un jeque árabe que veraneaba allí durante todo el año con unas estupendas condiciones y un sueldo de ensueño. Tras varias horas de paciente espera y cuando el sol había caído bastante sobre el horizonte le llegó su turno.
El secretario del jeque le planteó un extenso cuestionario sobre su formación y su carácter. ¿Era cosa suya o estaba viendo que el rostro de él indicaba que estaba contento con lo que oía? Le hizo una última pregunta:
-¿Cómo se llama?
-Mary Poppins- contestó ella.
Aquel nombre y apellido lo terminaron de convencer. El puesto fue suyo.
lunes, 12 de septiembre de 2011
Sed de ti
Tengo ansia de tu cuerpo, de sentirte que eres todo mío y saborearte cada uno de los centímetros que tu piel me brinda. Quiero que ese contacto contigo me vaya derritiendo en la fuente de tus delicias, abrazando tu sexo con mis labios y degustar lentamente sus más dulces sabores. Ahondar, a la vez, con mi dedo en tu cavidad más honda y acariciarla hasta que tus resistencia flaqueen y tornen en el rebose de tus manantiales mas placenteros.
No tardes en llegar hasta mí, cariño mío, para que pueda saciar, cuanto antes, la sed anhelante de ti que acompaña a cada uno de mis instantes.
miércoles, 31 de agosto de 2011
Abrazo sin manos
Llevo días preparándote este regalo, tanto como tiempo hace que me enteré de que venías a verme. Desde entonces te lo prometí: te regalaría el mejor de los abrazos sin manos que pudieran haberte dado.
Esta mañana me desperté temprano y me sumergí en las espumosas aguas de mi bañera, intentando compensar esa cierta levitación de mi cuerpo con esa otra que me produces continuamente en el corazón. Depilé, con sumo mimo, toda mi piel pensando que lo hacía para ti, y la unté con aceite de almendras perfumadas, dejándola con esa suavidad que tanto provoca tus deseos. Alboroté mi melena leonina, como tú le llamas y me vestí con el conjunto de lencería, amarillo melón, que me enviaste por mi cumpleaños. Mirándome al espejo y conociéndote, sospecho que te gustará mucho más verlo ahora que cuando lo tuviste desinflado entre tus dedos. Desayuné de esta guisa, mientras te soñaba en cada mordisco a la rebanada de pan a la que intentaba semejar tu cuerpo.
Acababa de poner los platos en el fregadero cuando tu forma característica de llamar me impelió hasta la puerta. Se me convirtieron en una eternidad los segundos que transcurrieron hasta que te vi y otra el tiempo en que tus labios aprehendieron jugosos a los míos. Sabes bien cómo derretirme y quebrar mis pocas defensas frente a ti, si es que queda alguna, a lo que sin duda contribuye el olor almizclado intenso de tu cuerpo. Me sentí arrastrada contigo, sumidos en un rebujo, hasta este sofá en el que estamos y que tanto sabe de nosotros. Inquietamos nuestros sosiegos con el intercambio de nuestras caricias y como en cruenta batalla, toda la tela se fue desprendiendo de nuestras pieles, dejando nuestras desnudeces al descubierto y sometidas a nuestro mutuo regocijo. Tu dádiva más deseada enderezó sus formas y aquellos simples escarceos, como si esculcaran algo valioso por mi bajo vientre, terminaron en una dulce inmersión hasta mí más hondo.
Entonces, ahíta de goces, cumplí lo prometido y te di este abrazo en torno a tus ondulantes nalgas… con mis piernas. Cosquilleadas por esa ralea de vello negro que te cubre, tensé mis pantorrillas que te aprietan contra mí, como para que no te vayas… Primero con un intenso abrazo y luego con un ligero vaivén que acompaña mis deseos y acrecienta mi placer. Y noto como sigues creciendo dentro de mí, aumentando ¿es posible todavía más?, mi goce a un extremo inenarrable. Entonces tu cuerpo se agita, arrastrándome en sus sacudidas y te desplomas sobre mi pecho. Todavía noto, a continuación, en mí unas pequeñas sacudidas eléctricas que gozo mientras tus labios exhaustos empapan mi cuello de tu saliva. Después de esto soy yo la que se derrumba, pero sigo con mis piernas insistentemente anudadas en torno a ti…y es que ¡me siento tan a gustito!
lunes, 22 de agosto de 2011
Tedio
Los minutos de aquella frustrada siesta transcurrían con la lenta parsimonia de un caracol. El cuerpo desnudo de Sara, tendido sobre las sábanas, intentaba relajarse, lo que su mente le impedía. A través de sus ojos entrecerrados observaba la característica luz de una agobiante tarde de calor de agosto, que se filtraba por la persiana de su dormitorio. Aquel calor, incluso en la acogedora sombra de su cuarto silencioso, la envolvía en un intenso ardor y provocaba que, de cada uno de sus poros, empezaran a manar minúsculas gotas de sudor, que iluminaron toda su anatomía como pequeñas luciérnagas en la penumbra.
El tictac machacón del despertador irritaba su ánimo y espantaba su sueño, que no su amodorramiento. El calor se le hacía cada vez más insoportable. Sentía como su larga melena de rizos negros en cataratas, que imaginaba en total desorden, iba impregnando de sudor su almohada. Su espalda húmeda se iba pegando poco a poco a las sábanas y al acercar su mano a su pecho, sintió como las yemas de sus dedos se iban deslizando con facilidad por el sudor.
Dibujó, como si estuviera aburrida, con aquellas yemas mojadas las formas, aparentemente serenas de sus pechos y se distrajo usándolos como un tobogán por el que descendían juguetones los dedos. En un determinado momento se desviaron y tropezaron con la pared rugosa e inusualmente dura de sus pezones. Aquel roce, la excitó… Siguió acariciándolos y se pusieron como el pedernal. Bajó por su barriga y gustó esa inmensa suavidad que tanto gustaba a aquellos hombres que la habían catado y gozó del chapoteo que produjo la inmersión de su dedo índice en la oquedad cubierta de sudor de su minúsculo ombligo.
Ya había perdido el sueño, sólo quería sentir, sentir todo lo que pudiera. Imaginaba…se imaginaba entre unos brazos fuertes y musculosos que la envolvían en ternura y sus dedos semejaban los movimientos que ella hubiera querido de esos gestos masculinos. Bajó su mano por su pubis liso, degustando sensaciones que se iban internando hasta su mayores simas, encontró sus pliegues y hábilmente con el dedo índice de la mano derecha, los fue recorriendo, como si los rasgara obteniendo sones mágicos. Encontró un camino de cosquilleos y lo fue siguiendo con insistencia, hasta que todo su cuerpo se convirtió en pura ansia. Notaba, todavía más, la humedad de su espalda mezclada con la de las sábanas y esa otra, de un sabor que suponía más dulzón, que le hacía, ahora, gotear su dedo. Imaginó su cuerpo ávido penetrado hasta lo más hondo. Estiró su cuello, echó su cabeza hacia atrás, cerró sus ojos y su cuerpo se vio envuelto en sacudidas, mordió sus labios, sólo un instante, porque de ellos salió un largo gemido a la par que ella se veía descendiendo a toda velocidad por una montaña rusa.
Algunas leves sacudidas le siguieron… Se pasó el dorso de su mano por su frente chorreada y no recordó nada más, porque fue justo en ese instante cuando cayó en los brazos del más dulce de los sueños.
jueves, 4 de agosto de 2011
La corrida
Era la noche ideal, adornada de sones de luna llena y con el silencio alborotado por el murmullo de las chicharras. Sabía que estabas allí, ¿esperándome? Eso nunca lo supe. Me desprendí de mi ropa, quedando vestida únicamente por la brisa y salté hacia donde tú te encontrabas. Dormías… Me gustó contemplar tu cuerpo tendido, sometido al vaivén de tu respiración y dejar resbalar mi mirada deseosa por tus músculos primorosamente torneados, que tanto me imponen como me ponen, mientras fantaseaba que soñabas conmigo.
Abriste un ojo y súbitamente te incorporaste. Te acercaste a mí, sin dejar de mirarme. Primero muy despacio y luego con esa aceleración que te provocaba tu instinto. Esquivé aquel abrazo sin manos, sintiendo el roce de tus vellos sobre mi cuerpo desnudo lo que me provocó ligeros estremecimientos. Yo me acerqué a ti. Buscaba el provocarte. Y vaya si lo conseguí… Tu aproximación brusca, hizo saltar la tierra bajo tu cuerpo y el aire de tu alrededor formó remolinos en mi cabello. Me pasaste a pocos milímetros y pude acariciar suavemente tu lomo.
Y en este juego a dos distrajimos los minutos, mientras el fluido que desprendías mezclado con mi sudor, tintaba de manera caprichosa en color ocre, por culpa de la luz nocturna, mis desnudeces. Al fin llegó ese momento, que yo sabía que tenía que llegar, soplé el flequillo alborotado que cubría mis ojos, estiré mi brazo hacia ti y al punto sentí como te agitabas poco a poco, desde tu interior hasta tu piel. Tu cuerpo dio varias sacudidas sobre sí mismo, hasta que tus músculos se debilitaron y caíste exhausto con tu lengua rozando mis pies. Como si me hubieras contagiado un ligero cosquilleo erizó mi piel y agotada y sudorosa me dejé descansar con mi cabeza sobre ti. No sé si había sido la mejor de tus corridas, pero sí estoy segura de que ha sido la última.
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