miércoles, 6 de julio de 2011

El círculo de las caricias

         
        Disfruto sumergiéndome en el círculo de tus caricias, en ese manantial revitalizante que despliegas festiva y amorosamente sobre mi cuerpo. Me gusta tu mirada lúbrica, esa forma descarada tan tuya de alimentar mi deseo y el tuyo, simplemente, con tu mirada. Disparas, entonces, tus manos y en todo lo que de mí tocas aciertas a arrancarme los más dulces deleites. Cierro los ojos concentrándome en esa mezcla placentera en que se convierten los intensos olores que nuestras ansias desprenden.
       Noto  como tus pechos con sus pezones más que estilizados, reclaman anhelantes la humedad de mi lengua, que acepta encantada el gustoso encuentro de tan distintas texturas. Te agitas, estirando tu cuello hacia atrás, mientras tu carótida se hincha, cobrando todo tu cuerpo una vida inusitada. Tus piernas se abren para acoger mi sexo cuya dureza me indica que ya es más tuyo que mío. Fluye hasta lo más hondo de ti. Subes y bajas como un resorte deslizándote por él, hasta ese momento en que alzados ambos en una ola gigante descendemos hasta el gustoso sosiego del mar de caricias.

jueves, 23 de junio de 2011

Haciendo un favor

       No te preocupes, sigue sin miedo, más… Sé que eres un verdadero experto, mételo hasta dentro. Un poco más… Ya sabes que a mí siempre me cuesta colocar el culo adecuadamente, pero contigo da gusto, superas la mayor de las estrecheces con elaborada habilidad.
         Ya…casi… un poco más…uff…¡lo conseguiste! Creo que finalmente tendré que aprender a aparcar el coche de culo tan bien como tú lo haces.

miércoles, 22 de junio de 2011

Despedida

             
               Voy a escribirte unas líneas para despedirme de ti. Ningún adiós es sencillo y menos éste, teniendo en cuenta lo importante que has sido para mí y lo unidos que hemos estado durante tantos años.
                Recuerdo nuestra primera vez y me veo mucho más joven, sin ninguna de las arrugas que hoy surcan mi piel, y cómo me sedujiste con ese ardor tan tuyo. Aún puedo sentir cuando te acercaste a mis labios y me sentí invadida por todo un cúmulo de placenteras sensaciones. Desde entonces, tu abrazo tan aparentemente difuso como estrangulante me ha acompañado continuamente. En cada alborear, en las noches de insomnio, en mis buenos y peores ratos y hasta cuando la enfermedad me ha tenido postrada, has estado a mi lado. Apetecible, inseparable. En mis peores momentos el consuelo de tus caricias actuaba como bálsamo de mi ánimo y agradecía, no imaginas cuánto, el saboreo a través de mi garganta de tus efluvios más adictivos.
                Pero ya no podemos seguir juntos. Lo sé hace tiempo y hasta los de mi alrededor me dicen que no me convienes. He decidido hacerles caso. Mientras te escribo, lo que hago con lágrimas en los ojos y dudando si cumpliré mi propósito, aplasto contra el cenicero el que he decidido que será mi último cigarrillo.

lunes, 30 de mayo de 2011

No sé...


 Llevaba mucho tiempo esperando ese momento. Nuestro progresivo y paulatino acercamiento fue dando formas a mi deseo creciente de intimidad contigo. Un deseo irrefrenable de pura hambre, que bien sabía  yo que sólo podía calmarse con la mayor de las cercanías posibles contigo.  Al fin nuestra pasión venció a los restos últimos de nuestros pudores y nuestros cuerpos desnudos, al enfrentarse con tanta proximidad, parecieron reflejarse mutuamente. Nuestros poros abiertos, el vello erizado y las gotas de sudor que nos salpicaban parecían gritar de avidez por poseer el cuerpo ajeno.  Ya no resistí más y esa guinda sonrosada que tienes de pezón atrajo mi boca…
            No sé quién de las dos disfrutó más, si tú cuando me incitabas a gritos: muerde, muerde más fuerte… o yo cuando sentía placenteramente entre mis dientes cómo se iba robusteciendo, llegando a transformarse en la porción más deleitosamente dura de tus carnes.

martes, 10 de mayo de 2011

Tentación irrefrenable

           
          La brisa hacía cabriolas a mi alrededor cuando te sentaste a mi lado en aquella playa solitaria. Extendiste tu toalla, a muy pocos centímetros de la mía,  y te colocaste tu gorra amarilla para protegerte de los rayos de sol, que, a esa hora del mediodía, caían a plomo. Aquella cercanía, rodeados sólo de toneladas de arena, se me hizo casi agresiva, pero en seguida  hubo otros condicionantes que la hicieron más que agradable. Fuiste desprendiéndote de tu vestido con regalada lentitud, echándome miradas más que insolentes y en pocos minutos tu cuerpo quedó solo vestido por los rayos del sol. Si mis primeras miradas fueron de soslayo, las segundas iban teñidas de algo de disimulo y las terceras de estudiado atrevimiento. Tu cuerpo de movimientos ágiles como núbil gacela, cubierto todo él de un tono melosamente tostado, aterrizó sus nalgas hermosamente simétricas sobre tu toalla de tonos verdes, mostrando frente a mí tus turgentes piernas abiertas y dejando al acaricie de mi vista tu sensual hondura, adornada de un recortado vello de intenso color negro. Tus pechos ampulosamente esféricos adornaban por encima una barriga musculosamente retraída con un ombligo que parecía querer huir de su hueco.
                Animado por la patente intimidad que me brindabas, me quité el bañador y percibí como mi sexo se deslizaba pausadamente sobre mi pierna como si quisiera alzarse hacia ti. Sacaste un bote de aceite bronceador de tu bolsa playera de ositos de colores y echándote un chorro en la mano, empezaste a untarte tu cara y tus pechos, que en pocos minutos destellaban con brillos seductores. Seguiste por tu barriga y sonreí ante ese lago minúsculo y aceitoso que cubrió tu ombligo y en el que fantaseé chapotear. Continuaste empapando tus manos y las deslizaste, primero, por tus pies y luego por tus piernas con una estudiada parsimonia, dejando para el final ese oscuro hueco que tanto te embellecía entre tus piernas. ¿Era cosa mía o ese insistente lengüeteo de tus dedos con el bronceador, por esos andurriales, provocaba algún que otro estremecimiento de tu cuerpo?
                Te tendiste boca abajo colocando ahora tus pechos en una sensual postura en la que caían con ligeras oscilaciones asimétricas y me alargaste el aceite rogándome que te lo pusiera por la espalda. Sin preguntar nada empecé por tus nalgas cuyas órbitas me atraían obsesivamente y las impregné de una gruesa capa de aceite, menos mal que estabas boca abajo porque me daba cierto reparo el que vieras como mi sexo apuntaba, ahora, descaradamente hacia ti. Seguí luego por tu espalda saboreando las formas de tus huesos bajo la piel y al llegar a tus hombros la visión de tu pecho derecho con su pezón prominente, me produjo un cierto trastorno y no pude remediar el que mi mano se escapara y descendiera hasta él, agarrarándolo mis dedos como si pretendieran exprimirlo.
                Súbitamente te volviste y fue cuando, con gesto irritado,  me dijiste:
-¿Cómo se te ocurre cogerme así sólo el pezón derecho…? ¿…y el izquierdo? ¿es que no te gusta…?

martes, 19 de abril de 2011

Despertar

       
     Me gusta abrir los ojos, con esa pereza de la amanecida, sintiendo la lluvia de tus besos dibujando mimosamente mi rostro, hasta que se posan definitivamente sobre mis labios. Los abrazas mientras tu lengua avariciosa irrumpe para azuzar el movimiento de la mía y  robar el sabor de mi boca. Me espabilas con la lluvia tumultuosa de tus caricias que acompañan mis gestos al desperezarse y recorres descubriéndome caminos inexplorados por todos mis rincones.
         Te miro, aún entre sueños, con ojos de deseo que excitan todo tu cuerpo. Y sin tocarte acaricio esas curvas tan conocidas como siempre nuevas.  Te sientas sobre mi vientre humedeciendo mi ombligo con ese manantial dulzón que brota de entre tus piernas. Aprovechas esa humedad para deslizarte lentamente hacia atrás, a la búsqueda de mi fanal endurecido que te aguarda ávido. Cuando tus labios más sensibles lo besan, tu interior lo engulle mimosamente con movimientos crecientes y con envidiable habilidad alzas mi cuerpo a la cima de una ola, que desciende a tu par por pendientes de espuma blanca.
         Ahora sí que abro los ojos del todo y mi sonrisa captura la tuya, tu piel se desmorona sobre la mía, colocándose en sus huecos. No podía estar más a gusto ni en mejor compañía, mis pestañas se cierran entre sí…me vuelvo a dormir.

miércoles, 6 de abril de 2011

Ondulaciones


Me gusta admirar esas líneas de tu cuerpo que rompen la monotonía del aire, dotándolo de una alborotada sensualidad.  Observo cómo alcanzan su perfección en la simetría curvada de tus nalgas desnudas, que semejan ondas vivas al bañarlas la tenue luz del atardecer.
Mis dedos se deslizan por esas inclinadas pendientes, a la vez que azuzan tu sensibilidad, a la osada búsqueda de esa sabrosa gruta en la que acaban tus hondonadas y en la que se sumergen, una y otra vez, arrancándote sensaciones crecientemente placenteras que me saboreo al unísono contigo, hasta ese momento en que nuestros cuerpos desmadejados se desploman sobre el colchón.