sábado, 15 de junio de 2013

Dulce

           
       Al fin el sol empezaba a calentar como es debido, pensó Antonio, cuando paseaba con sus andares de prejubilado, manos en los bolsillos, bajo el sol de mediodía. Hoy se había puesto, por primera vez, sus pantalones cortos y disfrutaba de la caricia de aquellos rayos en sus brazos y piernas. Paseaba meciendo su mirada, mientras observó que aquel calor parecía haber recortado hasta extremos inverosímiles los largos de las telas de los vestidos, lo que hacía que hoy florecieran las piernas femeninas de una manera muy especial. Sus gafas de sol le servían de cobijada atalaya desde la que divisaba aquel concierto de piernas desnudas con las que se cruzaba.
         ¡Qué diferentes eran unas de otras! Las había extremadamente delgadas como piernas de zancudas, otras en cambio hinchadas como ánforas griegas, algunas musculosas que parecían que fueran echar a correr en cualquier momento y al fin otras en que sus turgencias parecían esculpidas por el más hábil de los escultores. Las había de tonos lechosos, casi transparentes, otras anaranjadas, pero las que más engalanaban el paisaje eran las del tono café con leche. Había algo que le trastornaba especialmente, cuando las piernas se estilizaban sobre unos acentuados tacones. Él iba poniendo mentalmente sus notas cual jurado de un concurso de belleza.
         Tenía sed y le apeteció tomarse una cerveza bien fresca. Se detuvo delante de una terraza pero sólo había una silla vacía, junto a una mesa donde una mujer cuarentona, algo más joven que él, se acababa de sentar. Se fijó en su cara de cansada y en cómo suspiraba en el momento en que sus amplios pechos, separados por un largo escote, reposaron sobre la tapa de mármol de la mesa. El ruego que le hizo Antonio de si podía sentarse a su lado es contestado con un claro: ¡Claro! La llegada del camarero, como si hubieran llegado juntos, les hizo pedir dos cervezas a la vez. Él se acomodó en su silla y, sin quererlo, notó el roce leve del vello de sus piernas con las piernas de ella. Prudente, la retiró unos centímetros, pero sorprendido notó cómo ella la acercaba de nuevo y volvía el contacto ahora con mayor intensidad, primero rozando y luego, incluso, frotándose. ¿Era cosa suya o aquellos pechos oscilaban desacompasados, mientras le destacaban unas seductoras prominencias?
         Bebió un trago de la cerveza fría, queriendo calmar el ardor intenso que empezaba a sofocar su interior. Ella hizo lo propio y al dejar la copa sobre la mesa, cuando él vio aquellos labios ataviados por la espuma blanca se le dispararon sus instintos de tal manera que, de pronto, encontró sus labios besando a los de ella. Sorprendido por su gesto, lo fue más cuando los labios de ella lo succionaron como si se hubieran buscado desde siempre. Ante eso, en un tiempo que el vecino de la mesa de al lado estimó en catorce minutos, él dejó que su boca se abandonara, salivara, degustara, mordisqueara, saboreara…, hasta que empapado en sudor se enderezó en su silla. A dos bebieron el resto de sus cervezas, ella se levantó para irse, mostrándole con el giro unos glúteos respingones. Él la detuvo agarrando su brazo:
-      ¿Cómo te llamas?
-      Dulce- respondió ella.

Mientras seguía paladeándose sus labios en los que se mezclaban el sabor de ella con el de la cerveza, no le cupo ninguna duda de que así era.

jueves, 2 de mayo de 2013

Cada noche..


Cada noche tras todo el duro esfuerzo del día, inicio mi camino hacia la cama. Me cuesta trabajo levantarme del sofá y en esas horas de semi vigilia, me acerco a la mesa para preparar lo que me tengo que llevar al día siguiente y no olvidarlo. Apago las luces y todo se tiñe de esa oscuridad que semeja a la que  poco a poco en estas horas de creciente cansancio va tiñendo mis intuiciones e ilusiones. La luz de mi mesa de noche, cual fanal rompe la oscuridad  del pasillo, a través del cual mis pasos, acompañados de un coro de bostezos, se arrastran lentamente como cargados de grilletes.
Destapo las sábanas. Mi cabeza agradece el mullido apoyo de la almohada y mis piernas se estiran con un suspiro de alivio, como si parte de su cansancio se evadiera hacia el colchón. Me acurruco sobre mí mismo gozando de ese brevísimo y placentero instante y con un simple clic oscurezco la habitación, mientras anhelo gozarme de ti. Te siento a mi lado, muy cerca y mientras abro mis brazos para rodear tu cuerpo, llevo mis labios ahítos de deseo a posarse en los tuyos. Como cada noche siento como si el corazón se me rasgara y lamento el que, un día más, estés durmiendo tan lejos de mí…

viernes, 26 de abril de 2013

Sin la caperuza roja


       
     Llevo veinte años haciendo el mismo camino, siempre con mi cesta al hombro atravesando este bosque, para ir a ver a mi abuela. Ella cada día me aconseja y me dice que tenga cuidado de no toparme con él. Pero no sé si es exageración o leyenda porque en todos estos años nunca me lo he encontrado.
Hoy a pesar de estar soleado, es como si hubiera un insólito murmullo en el ambiente que lo carga extrañamente de un cierto tenebrismo. Noto el crujir de las hojas secas bajo mis sandalias, las sacudidas en el aire de las ramas y, no sé por qué, una callada presencia que me acompaña. ¿Será verdad lo que me ha contado mi abuela? ¿Puede que haya en este bosque un ser que encierre tanta ferocidad?
Ahora sí, estoy seguro de que he oído unos pasos como arrastrándose. Cada vez están más cercanos. ¿Será él? Me dijo que es como los toros que la mera contemplación del color rojo le azuza su enfado. Por si acaso me desprendo de mi chándal de capucha roja, quedándome desnuda, y me agacho para esconderlo tras un matorral. Siento cómo la brisa acaricia mi piel.
De pronto se agitan unos matojos cercanos, giro la cabeza, y a través de ellos veo emerger su impresionante figura. ¡Es verdad que existe! Es de gran estatura y a través de su cuerpo cubierto de pelos se adivinan unos músculos fuertes y torneados. Me mira expectante con ojos fogosos, mientras poco a poco van esbozándose las formas de su potente sexo entre sus piernas. Un placentero temblor me recorre de abajo a arriba. No tengo ningún miedo,  pese a lo que amenazaba mi abuela, porque estoy segura de que, no es precisamente devorarme, lo que me pretende hacer…

martes, 23 de abril de 2013

Día del libro


      

      
            Te invito a un juego, aprovechando que es el día del libro. Imagínate que mi cuerpo es un gran libro, con muchas hojas y  deja  a tus dedos que acaricien, mimosa y muy lentamente, sin estar pendiente del reloj, mi piel.  Muy despacio, muy tenuemente, mientras no dejas de mirarme, con ojos luminosos, con ojos cargados de deseo. Ni siquiera hace falta que tengas puestas las gafas, para esa mirada prefiero, a mi vez, ver tus ojos tal cual son, sin cristales por delante…

domingo, 14 de abril de 2013

El inicio


        
       Me gusta dejar transcurrir el tiempo, mientras te miro a los ojos sin decir nada. Recrearme con la luz de tu mirada y acercar muy despacio, gustando cada milímetro que ganamos, mi rostro al tuyo. Descansar mis manos, acomodándolas a cada lado de tu rostro, sentir el leve roce de tus pestañas y posar mis labios dulcemente sobre los tuyos. Pasear, muy despacio, sobre ellos, gustando las sensaciones y esa tenue humedad que va impregnando desordenadamente la superficie de ambos labios. Alejarlos un poco, acercarlos, apretarlos, oprimirlos, saborearlos y abrirlos hasta que nuestras lenguas se entrelacen y exploren las honduras ajenas. Al principio con disimulo, como quien no quiere la cosa, para  luego perder la compostura y ahogarme apasionadamente en tus sensaciones. Dejarme ir, como si me abandonara todo en ti, perder la noción del tiempo…¡y eso es sólo el comienzo!

lunes, 18 de febrero de 2013

Melosa


Había conocido en su vida muchas mujeres, pero tenía una queja común a todas: ninguna de ellas, ni siquiera en la mayor de las intimidades había resultado ser melosa con él. Mientras paseaba iba dándole vueltas a esa idea… Había sabido de la existencia de mujeres dulces y mimosas en películas, en novelas, pero nunca había tenido una experiencia así, una mujer que a su lado derrochara con él toda su ternura. No es que echara de menos alguien así, es que, en este momento de su vida, la necesitaba con verdadera ansia. Podría decirse que deseaba más sus anhelados mimos, que a la propia mujer en sí.

Por eso no fue extraño lo que le ocurrió en el gimnasio, mientras estaba en la cinta sin fin frente al espejo, más de un día había divisado a su espalda a una joven de turgentes formas que embutida en una ajustada malla, pedaleaba, sin que le pasara desapercibido el vaivén silencioso de sus pechos. Imposible que olvidara la primera vez que le habló, simplemente le dijo:

-¿Te queda mucho tiempo?

            No fue lo que le dijo sino cómo se lo dijo. El pestañeo intenso de sus párpados y la sinuosa forma que dibujaba con su cuerpo en el aire. Fue como si el tono de aquellas palabras, pronunciadas tan lentas y dulcemente, fuera el que siempre había estado esperando.  Mudo de pura idiotez cedió el puesto a ella en la cinta y durante unos minutos se mantuvo hipnotizado viendo el movimiento de sus firmes glúteos, mientras sus piernas caminaban a buen paso por la cinta.

Aquel instante como en Casablanca fue “el principio de una hermosa amistad” y aparte de saludos, desde entonces compartieron largos paseos en esas bicicletas que no van a ningún lado y charlas que, poco a poco, fueron introduciéndose en mayores intimidades y recovecos ajenos.

Habrían pasado un par de meses desde que se conocieron, aquel día él la veía un poco diferente. Cuando él entró en el vestuario vacío, ella lo siguió y con esa voz que lo tanto lo atraía, acercándose, le preguntó:

-¿Me dejas?
-Claro que sí –se escuchó decir, sintiéndose sin posibilidad de negar nada a la portadora de aquella voz.

Ella acercó su mano y muy despacio, como si estuviera midiendo el tiempo con una regla invisible, fue abriendo la cremallera. Él la miraba entre sorprendido, relajado y gozoso. Y aquella mano estudiadamente descarada se introdujo en el interior.

-Umm- le escuchó decir- ¡qué hermosos!¿puedo comértelos?
-Desde luego que sí-respondió- estaré encantado- añadió en el colmo de la buena educación y si le pareció descarado por su parte bien que lo disimuló.

Y ella se acercó a sus huevos, hermosamente lisos y se los metió en la boca. Élle escuchó el paladeo de la lengua en torno a aquella superficie e incluso el leve rasgueo que provocaba el roce de los dientes sobre ellos. Se deleitó en que se notaba que eran manjar de dioses para ella, mientras él la miraba complacido. Terminada aquella actividad, tras agitar levemente sus largas pestañas, le miró a los ojos, esbozó una sonrisa agradecida, limpiándose la boca con el dorso de la mano y cerró cuidadosamente la cremallera.

Cuando ella salió del vestuario, él se quedó contemplando cómo se alejaba su hermosa figura. Por un lado estaba feliz, pero por otro…sabía que aquel día él iba a pasar hambre después de que ella se hubiera comido los dos huevos cocidos, que llevaba en su cartera de cremallera y que hoy constituían todo su almuerzo.

lunes, 4 de febrero de 2013

Una preocupación inquietante


         Damián se subió la manta hasta la nariz y se tocó la cabeza. Parecía que ahora ya no tenía fiebre. Una infección de garganta le tenía postrado en la cama desde hacía tres días en los que no había hablado con nadie. Vivía solo desde que enviudó y estaba aburrido de estar aquí, precisamente en estos días en que se celebraba las fiestas en el Hogar del Pensionista del que era socio. Sonó el timbre y se levantó sorprendido, no esperaba a nadie, para abrir la puerta. Tras ella apareció Inés y en un gesto espontáneamente pudoroso se anudó la bata que llevaba sobre el pijama. Inés era soltera, de las que hasta hacía muy poco tiempo cuando se le dirigían como señora, matizaba: ¡señorita! Habían hecho una buena amistad y solía ser su pareja de baile en los guateques que organizaban allí.

-Me extrañó que no hayas ido estos días al Hogar y vine por si te pasaba algo.
-Gracias por venir. Estoy con dolor de garganta y no me puedo mover.
-Anda acuéstate-le dijo Inés tomándolo tiernamente por el brazo y tapándolo, le preguntó por la cocina y en pocos minutos le preparó un caldo caliente.
-Umm, que bien me ha sentando- dijo devolviéndole la taza- la verdad es que hacía muchas horas en que no tomaba algo caliente.

            A continuación sacó un bote de vick vaporub que siempre llevaba en el bolso y ni corta ni perezosa le desabotonó el pijama, empezándole a poner suavemente en el pecho. Damián callaba y se dejaba hacer. Estuvo a punto de hablar varias veces, pero calló, hasta que al fin dijo:
-¿Sabes que me encanta lo que estás haciendo?
-Yo estaba pensando lo mismo- repuso Inés, sin dejar de acariciarle el pecho a pesar de que ya hacía un rato que se le había agotado el vick. Siguió disfrutando con el roce de aquella piel, mientras sumergía sus dedos arrugados en el abundante vello blanco.

            Aquellas caricias fueron despertando en Damián sensaciones que creía dormida a la vez que en Inés creaban unos estremecimientos que le resultaban novedosos. Lo que iba provocando aquellas manos, la iban envalentonando y posteriormente las caricias descendieron hacia su ombligo y su barriga, pero sin detenerse ahí. Inés agradeció que el elástico del pantalón estuviera flojo para que no hubiera nada externo que entorperciera su camino hacia ese rincón mágico que con un deseo creciente le apeteció tocar. Y, sin duda, le estaba esperando, porque lo que imaginaba como un apéndice desgarbado, se le reveló, cuando acercó su mano, como una descomunal vara. No pudo resistir su impaciencia y aquella imagen, ansiosa y sorprendente a la vez, quedó al descubierto de sus ojos, para inmediatamente cubrirla de besos con sus labios.

-Desnúdate- le dijo Damián con tal delicadeza, que si le quedaba algún resto de pudor quedó disuelto y dejando, poco a poco su ropa sobre la silla, se volvió hacia él, que le dijo algo que hacía más de sesenta años que no le decía un hombre:
-¡Estás preciosa!

            Él se echó a un lado en la cama, haciéndole un hueco, en el que ella se colocó sin temor al contagio infeccioso. El reloj detuvo su andadura y aquellos cuerpos vivos en sus arrugas, se perdieron en mutuas caricias hasta que ella sintió como él la cubría por completo haciéndola suya, hasta que quedaron exhaustos y sonrientes, rodeándose con sus brazos mientras no se dejaban de mirar. Horas después ella se vistió y con un suave beso se despidió dejándole en la cama, recuperándose de su enfermedad y de aquel gratísimo esfuerzo.

            Al día siguiente volvió a visitarlo. Damián  tenía mucha mejor cara, en cambio a Inés se le veía con ojeras y cara de preocupación.

-¿Qué te pasa?- se interesó Damián.
-He dormido poco y le he dado muchas vueltas a la cabeza…
-¿Te arrepientes de lo de ayer?
-No, no es eso. Me llenaste de felicidad.
-¿Entonces…?
-Es que…como ayer lo hicimos sin protección y hoy me dolía algo la barriga he llegado a preocuparme por si me hubiera podido quedar embarazada…