sábado, 8 de febrero de 2014

Maniobras orquestales en la oscuridad


       Despertó sudando, con ese calor que no tiene que ver con la temperatura exterior, sino que nace del interior. Una noche más en blanco y negro. Anhelaba los colores brillantes que la vida le negaba. Su piel ardía, hasta el último de sus poros y su mente inquieta voló. Voló a lugares lejanos, a playas inmensas de agua cristalina por las que paseaba aquella mujer que tanto le seducía. Podría imaginar sus pechos oscilantes al caminar, al que el sol le arrancaría destellos, su melena agitada al viento y sus piernas caminando sobre la arena, mientras se rozaban junto a esa rendija que tanto anhelaba. 

          No pudo resistirlo más. Como si despertara de un sopor se espabiló, se encontró de nuevo en su cuarto oscuro, al lado la respiración sosegada de su mujer. Echó abajo las sábanas y estirando sus piernas sobre ella, se agarró con fuerza a su sexo, como si fuera un clavo ardiendo. Ardiendo estaba y con una apariencia pétrea. Lo recorrió arriba y abajo con su mano, mientras volaba de nuevo a aquella playa. Fueron unos minutos solamente, hasta que su cuerpo se sacudió de una manera tan salvaje que temió despertar a su cónyuge. Ella seguía durmiendo. Él desde ese instante dejó de tener calor y se durmió plácidamente.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Ser feliz....


...es acercarme a ti y mirarte, mirarte, mirarte, mirarte, mirarte, mirarte, mirarte...

martes, 29 de octubre de 2013

Huida motorizada

        

         Le despertó el ruido de la puerta al cerrarse y girándose hacia aquel lado de la cama, que ella había ocupado en los últimos veinte años, se dio cuenta de que estaba vacío y que en su lugar sólo había un papel cuidadosamente doblado. Lo tomó con sus dedos y poniéndolo a la altura de sus ojos, aún entrecerrados, se puso a leerlo:
“Me voy.  Esa cuerda de mi paciencia, tensada hasta el máximo, ha saltado. Mi cuerpo, aunque después de tanto tiempo esté aparentemente envuelto de tu contagiosa apatía,  necesita esas caricias que durante tantos años me has negado.  Estoy harta de despertar por las mañanas buscando el aliento de tus besos mientras girabas tus labios  porque es que, a esas horas, no estabas “motivado”. Estoy  cansada de acariciar tu pecho, recorrerlo una y mil veces con mis dedos, ante la indiferencia de tu piel y la consciencia  de que tus manos no se separan de tu cuerpo para engalanar, con tus dedos ni siquiera mínimamente, el mío.  Mi deseo anhelante y machaconamente truncado se ahogan en la humedad de mis lágrimas,  ya secas a estas alturas.
Puedes estar tranquilo, no te intranquilizaré más acercando mi mano a tu entrepierna a la búsqueda de esa parte de ti, que ansiaba recibir con desesperación y que erróneamente pensaba  que sería el colmo de mis goces, mientras que, repetidamente, me tratabas con la más flácida de sus indiferencias. Dejaré para siempre esa búsqueda fracasada de ese abrazo anhelante entre las sábanas, en la que terminaba exclusivamente encontrando la soledad de mis brazos. 
A partir de ahora sé que no cuento contigo, todos estos años me has sumido en una equivocada duda, pero también sé que cuento totalmente conmigo y que nunca más bombardearás mi autoestima con esa carencia tuya que siempre disfrazabas como incapacidad mía. Te deseo lo mejor, yo por mi parte sé que a partir de ahora sí estaré mejor que nunca. Me llevo la moto. “
Cuando él terminó de leer, le sorprendió, a través de la ventana, el sonido del arranque de la moto,  que habían compartido de una manera más viva que el colchón. La intensidad del  motor fue disminuyendo a medida que ésta se alejaba. Él se arropó con las sábanas y cerró sus ojos para seguir durmiendo, mientras ella,  circulando por la autopista a toda velocidad, por primera vez en mucho tiempo, al recibir de frente sobre su cuerpo desnudo la fuerza del aire, sintió todo su cuerpo envuelto en una maravillosa caricia.

sábado, 31 de agosto de 2013

Nostalgia de ti

            
            Tu ausencia provoca a mi nostalgia, que se recrea en mis recuerdos de ti. No sé por qué mi espalda te anhela de esa manera tan desesperada tus caricias. Cierro los ojos y siento como las yemas de tus dedos, subiendo y bajando, producen correntías de placer que se extienden por todo mi cuerpo.  Es como si tu gran caricia placentera cubriera toda mi desnudez y la fuera embelleciendo a tu mirada ansiosa, a tu deseo creciente y lascivo.  De la espalda desciendes a mis glúteos, me los palpas con tus manos fuertes, tentando sus formas, descendiendo por ellos, fundiéndote en mis honduras. Me dejo mecer en tus manos.
     Me tiendes delicadamente sobre el colchón y ahora vas gustando lentamente la suavidad de mis piernas, primero con tus labios, la adornas de cientos de besos, luego con tu lengua. Vas dibujando con su punta, caminos de saliva, que son caminos de placer. Un temblor sacude mi cuerpo y el hueco entre mis piernas reclama el tacto de mi mano. Tengo que cerrar los ojos, porque me resulta insoportable la fuerza de tu mirada felina, devoradora y noto, como ahora, te haces dueño de mis pies. Las uñas las llevo coloreadas en naranja y me dices, que vas a exprimir mis dedos, como si se tratara de pequeños gajos dulzones. Y van desapareciendo en el interior de tu boca y mi hendidura grita silenciosamente necesitando la caricia de mis dedos. Mis dedos son hábiles y experimentados. Los noto, aceleran mi sudor y mi placer. Mi cuerpo se agita, mi boca grita y mi cuello se bambolea adelante y atrás…hasta que parece que caigo desde lo alto de una catarata y mi cabeza reposa sobre mi almohada. Levanto los pies, miro los dedos coloreados de naranja y me acuerdo de ti, como si estuvieras a mi lado.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Paseo de-dos

       
               Las olas rompían contra la orilla con esos brillos de plata con que las tiñe el atardecer, cuando ambas pasaron por mi lado. Me fijé en ellas. Las dos con cuerpos atractivos y con edades que frisaban los treinta años llevaban unos bikinis negros, aunque el de una de ellas se adornaba con una estrecha banda naranja. La más alta y estilizada  de las dos, tenía una melena rizada negra que oscilaba sobre sus hombros, pechos grandes que se agitaban bajo la tela y piernas fuertes con un bronceado color canela.  La otra, algo más baja, de piel blanca y salpicada de lunares, que agitaba el aire con una coleta pelirroja y con curvas más pronunciadas, portaba una braga arrugada, desapareciendo parte en su hendidura trasera lo que dejaba al descubierto gran parte de sus glúteos.

            Andaban despacio, extremadamente lentas, con un movimiento sincopado que fue lo que atrajo mi atención. No se desplazaban hacia delante, sino que sus cuerpos se cimbreaban en el aire buscando cualquier contacto mutuo y el roce continuado de sus pieles.  Sus manos se entrecruzaban, enganchándose unos segundos, para después soltarse. Sus cuerpos se acercaban, hasta que sus barrigas redondeadas se rozaban, frotándose levemente sin pudores, como si los ombligos quisieran besarse.

            En uno de esos acercamientos entre sonrisas cómplices, de esas que sólo a ellas dos no les podían parecer bobas, los labios de la morena aterrizaron sobre el cuello de la pelirroja cuyo cuerpo se encogió, sin duda agitado por la sensación producida. A ambas debió de gustarles, porque reiteraron el mismo gesto varias veces. En uno de estos, además,  su mano se enganchó en la braga de la pelirroja  bajándola un poco dejando la raja trasera, dividiendo unas nalgas blanquísimas, asomada como una sonrisa. La pelirroja, a su vez, rodeó aquella cadera morena con su brazo y la aproximó a la suya.  Anduvieron así unos cortos pasos. La gozosa tensión se disparó cuando, tan próximas, la morena bajó su cuello y, al mismo tiempo, le bajó la tela desenmascarándole el pecho izquierdo, níveo y tintado en pecas, y posó en ellos mimosamente sus labios durante unos instantes. El pudoroso rubor, de puro disfrute, de la pelirroja se confundió con el rumor del viento. Se puso, seguidamente, de puntillas horadando la arena  con los dedos de sus pies y sus labios se engancharon en los labios ajenos. Al separarlos, ambas se miraron a los ojos con una ternura tan mágica que pareció paralizar todo lo que sucedía en la playa. Vestidas de sonrisas se cogieron de la mano y como si ahora tuvieran alas en los pies se introdujeron en el mar.

sábado, 15 de junio de 2013

Dulce

           
       Al fin el sol empezaba a calentar como es debido, pensó Antonio, cuando paseaba con sus andares de prejubilado, manos en los bolsillos, bajo el sol de mediodía. Hoy se había puesto, por primera vez, sus pantalones cortos y disfrutaba de la caricia de aquellos rayos en sus brazos y piernas. Paseaba meciendo su mirada, mientras observó que aquel calor parecía haber recortado hasta extremos inverosímiles los largos de las telas de los vestidos, lo que hacía que hoy florecieran las piernas femeninas de una manera muy especial. Sus gafas de sol le servían de cobijada atalaya desde la que divisaba aquel concierto de piernas desnudas con las que se cruzaba.
         ¡Qué diferentes eran unas de otras! Las había extremadamente delgadas como piernas de zancudas, otras en cambio hinchadas como ánforas griegas, algunas musculosas que parecían que fueran echar a correr en cualquier momento y al fin otras en que sus turgencias parecían esculpidas por el más hábil de los escultores. Las había de tonos lechosos, casi transparentes, otras anaranjadas, pero las que más engalanaban el paisaje eran las del tono café con leche. Había algo que le trastornaba especialmente, cuando las piernas se estilizaban sobre unos acentuados tacones. Él iba poniendo mentalmente sus notas cual jurado de un concurso de belleza.
         Tenía sed y le apeteció tomarse una cerveza bien fresca. Se detuvo delante de una terraza pero sólo había una silla vacía, junto a una mesa donde una mujer cuarentona, algo más joven que él, se acababa de sentar. Se fijó en su cara de cansada y en cómo suspiraba en el momento en que sus amplios pechos, separados por un largo escote, reposaron sobre la tapa de mármol de la mesa. El ruego que le hizo Antonio de si podía sentarse a su lado es contestado con un claro: ¡Claro! La llegada del camarero, como si hubieran llegado juntos, les hizo pedir dos cervezas a la vez. Él se acomodó en su silla y, sin quererlo, notó el roce leve del vello de sus piernas con las piernas de ella. Prudente, la retiró unos centímetros, pero sorprendido notó cómo ella la acercaba de nuevo y volvía el contacto ahora con mayor intensidad, primero rozando y luego, incluso, frotándose. ¿Era cosa suya o aquellos pechos oscilaban desacompasados, mientras le destacaban unas seductoras prominencias?
         Bebió un trago de la cerveza fría, queriendo calmar el ardor intenso que empezaba a sofocar su interior. Ella hizo lo propio y al dejar la copa sobre la mesa, cuando él vio aquellos labios ataviados por la espuma blanca se le dispararon sus instintos de tal manera que, de pronto, encontró sus labios besando a los de ella. Sorprendido por su gesto, lo fue más cuando los labios de ella lo succionaron como si se hubieran buscado desde siempre. Ante eso, en un tiempo que el vecino de la mesa de al lado estimó en catorce minutos, él dejó que su boca se abandonara, salivara, degustara, mordisqueara, saboreara…, hasta que empapado en sudor se enderezó en su silla. A dos bebieron el resto de sus cervezas, ella se levantó para irse, mostrándole con el giro unos glúteos respingones. Él la detuvo agarrando su brazo:
-      ¿Cómo te llamas?
-      Dulce- respondió ella.

Mientras seguía paladeándose sus labios en los que se mezclaban el sabor de ella con el de la cerveza, no le cupo ninguna duda de que así era.

jueves, 2 de mayo de 2013

Cada noche..


Cada noche tras todo el duro esfuerzo del día, inicio mi camino hacia la cama. Me cuesta trabajo levantarme del sofá y en esas horas de semi vigilia, me acerco a la mesa para preparar lo que me tengo que llevar al día siguiente y no olvidarlo. Apago las luces y todo se tiñe de esa oscuridad que semeja a la que  poco a poco en estas horas de creciente cansancio va tiñendo mis intuiciones e ilusiones. La luz de mi mesa de noche, cual fanal rompe la oscuridad  del pasillo, a través del cual mis pasos, acompañados de un coro de bostezos, se arrastran lentamente como cargados de grilletes.
Destapo las sábanas. Mi cabeza agradece el mullido apoyo de la almohada y mis piernas se estiran con un suspiro de alivio, como si parte de su cansancio se evadiera hacia el colchón. Me acurruco sobre mí mismo gozando de ese brevísimo y placentero instante y con un simple clic oscurezco la habitación, mientras anhelo gozarme de ti. Te siento a mi lado, muy cerca y mientras abro mis brazos para rodear tu cuerpo, llevo mis labios ahítos de deseo a posarse en los tuyos. Como cada noche siento como si el corazón se me rasgara y lamento el que, un día más, estés durmiendo tan lejos de mí…