…cuando la distancia nos tiene
tan alejados y el tiempo se empeña en desdibujarnos mutuamente en la memoria.
Me gusta acordarme de ti y luchar contra la distancia y el tiempo a brazo
partido, en los distintos instantes de tu día, que es el mío, que es el
nuestro. Me gusta acordarme de ti y despertar de mis recuerdos aquellos
momentos que compartimos en los que tanta fue la felicidad que nos ahogamos en
alegría. Me gusta acordarme de ti degustando aquellas caricias que, con tus
dedos y labios, aterrizabas sobre la pista anhelante de mi cuerpo, mientras
elucubro en esas otras que has ido elaborando en la distancia para
experimentarlas en cuanto estemos juntos. Me gusta acordarme de ti, paladear
mis labios y preparar mi lengua para la lucha con la tuya y saborear la jugosa
dulzura de tu saliva que me nutre como el mejor de los alimentos. Me gusta
acordarme de ti y sentirme envuelto en ese olor tuyo que me excita y despereza
a todos mis deseos. Me gusta acordarme de ti, especialmente ahora en que sé que
está muy cercano ese momento en que volverás a perderte entre mis brazos, sin
preocuparte por dónde está la salida.
martes, 19 de junio de 2012
jueves, 31 de mayo de 2012
¿Nunca le ha sucedido?
Te ocurrió el pasado domingo… Te
despertaste mareada con esa sensación postrera, que acompañan a esas noches que
empiezan con un espontáneo encuentro masculino. A continuación, prosigues sazonando tan grata compañía con unas
copas y coronas la noche en tu cama entre mezcla de fluidos, deseos lúbricos y
acrobacias sexuales a dos. Cuando
despiertas y entras en la cocina por la mañana, te sientes con la mente
embotada, no recuerdas nada y te encuentras a ese hombre desconocido, entre
despeinado y desnudo al que no sabes que decirle. Un insólito pudor te lleva a
abotonarte el camisón, por el que un pecho, al que notas más ingrávido que
nunca, pretende escapar. La cabeza te duele y parece oscilar en una espiral
invisible. Observas a medio ver, porque uno de tus ojos no se abre del todo, al
que ahora te resulta un individuo desconocido. El te mira silencioso mientras
coges la taza. Necesitas urgentemente un café, no estás acostumbrada a noches
de este calibre. Coges la cafetera que te
ha preparado, echas un chorro sobre la taza y la azucareas agitando la cuchara. Acercas el borde a tus labios, empiezas a reaccionar tras esas primeras gotas
que descienden por la garganta y, es en ese momento de súbita lucidez cuando te
haces consciente de algo terrible:
1)
Ayer no tomaste ni gota de alcohol.
2)
No hiciste el amor en toda la noche, ni siquiera
recuerdas cuándo fue la última vez que lo hiciste.
3)
Empiezas a reconocer a ese hombre extraño: ¡es tu
marido desde hace más de quince años!
sábado, 26 de mayo de 2012
¿Bello vello?
Siempre se había negado a
recortarse aquel abundante vello negro que abruptamente retorcido le crecía
entre sus piernas. Para ella era algo “muy suyo” y no entendía esa modernidad
de deshacerse de él. Si crecía allí sería por algo. Además, no era un rincón
que fuera a lucir en ningún sitio, más que en la intimidad y el que quisiera
acercarse a ella debería aguantarse con lo que había, eso sin contar que le
daba una cierta dentera el aproximar algo cortante a tan delicado lugar. Todo
esto lo pensaba mientras, desnuda ante el espejo, se pintaba los ojos y
observaba aquella espesa pelambrera, que contrastaba con el color níveo de su
piel.
Hacía
mucho tiempo que no le habían despeinado aquel mechón, pero ahora había quedado
con un madurito, a quien había conocido por internet y con quien había llegado a
ese entendimiento en que se desea experimentar como el pelo de su bigote canoso
se entremezclaba con aquel vello. Empalagó, aquel matojo, en gotas de perfume y
fue, entonces, cuando su cita llamó a la puerta. Entró con paso pausado y la tomó entre sus
brazos, sintiéndose ella embriagada de aquel olor que le envolvía, primero a él
y pronto a ambos. Tras hábiles y sinuosas caricias, llegó ese momento en que, acercándose a su entrepierna le hizo el comentario de si le apetecería que
se lo recortara un poco. ¡De ninguna manera!, contestó ella y de esta guisa
siguieron entremezclándose en mutuos agasajos, hasta ese extremo, en que la
situación alcanzó tal fogosidad, que le hizo perder hasta aquellas de sus
convicciones más hondamente arraigadas. Todos sus vellos estaban estirados a
causa de la excitación, no supo cuándo fue convencida, pero dejó que los dedos
poderosos de él acercaran las tijeras que, con suma delicadeza, trasquilaron,
al principio, para igualar después. Ella se dejaba hacer y notaba la ausencia
de aquella mata, que poco a poco fue transformándose en una ligera
pelusilla. A continuación fue la caricia
cosquilleante y espumosa del jabón, la que, como un susurro producido por el
aleteo de una mariposa, sintió en tan recóndito lugar, seguida del leve roce de
la cuchilla que le produjo un cierto temor. Cuando terminó, él le acercó un espejito
para que viera su obra de arte y los ojos de ella se horrorizaron, se notaba extraña,
como si le faltara algo. Entre el temor y la curiosidad acercó sus dedos por
aquellos gruesos labios, que desde el espejo ampulosamente le sonreían y por
primera vez veía, y sintió, que ahora, desprovisto de estorbos, el roce le
provocaba una nueva sensación. Iba a protestar, pero la mueca ininterrumpida de
su boca, coincidió con el gesto simultáneo de la de él posando sus pilosos
labios sobre aquel lugar en el que antes había una enmarañada dificultad para
acercarse. No pudo articular palabra, porque el roce aparentemente
insignificante de los pelillos de sus bigotes, contra aquella piel tan
exquisitamente sensible y desprovista hasta ahora de cualquier sensación, le provocó
un intenso cosquilleo que indujo desde su garganta unos gemidos intermitentes,
que desembocaron en unas sacudidas intensas, nunca experimentadas. Sintió como
si su cuerpo se hubiera disuelto y mientras lentamente recuperaba su ritmo
respiratorio, una sonrisa trémula iluminó su rostro, ¡ahí, ni un pelo más!
pensó, mientras se dejó mecer en una nube.
Después
de aquella experiencia, nunca más tuvo nostalgia de aquellos vellos perdidos,
incluso se preocupaba de que no asomaran, ni siquiera sutilmente. Ahora disfruta
en las noches de verano y mientras se balancea totalmente desnuda en la hamaca
que tiene en su jardín, abre sus piernas para que la brisa acaricie aquellos
labios recién descubiertos y revive aquellas sensaciones, recordando aquel día
en que, gracias a unos vellos que cayeron y a otros vellos ajenos que se le
acercaron, se quedó durante largo rato balanceándose en una nube.
viernes, 11 de mayo de 2012
Quince minutos
Había llegado ese momento que parecía que
nunca iba a llegar. El vaho cálido de tu respiración fue lo primero que sentí,
seguido del leve roce de tus labios. ¿Fue cosa mía? Pero me pareció distinguir
cada arruguilla de esa superficie carnosa. Al principio anormalmente seca, pero
sólo una décima de segundo, porque enseguida empezó a bañarse de una suave
humedad. La saliva empezó a anegar aquel campo dotándolo de nueva vida, tu
sabor apacible empezó a despertar a mis papilas, especialmente cuando se mezclaron
nuestros sabores, produciendo uno diferente, gustoso y que me provocaba ese
apetencia de tu algo más. Nuestros labios se abrazaban tan dulce como brutalmente,
con esa violencia propia de una pasión almacenada durante tanto tiempo.
Masticaba tus carnosidades, que parecían
pedirme más y fue cuando mi lengua las recorrió con su punta hasta encontrar la
entrada a la placentera cueva de tu boca.
Su punta juguetona esculcaba en tu interior, lamiendo cada uno de tus
dientes y asomándose hasta la entrada a tu garganta donde se recreaba
humedeciendo tu campanilla. Nuestros labios siguieron reconociéndose y ahora mi
lengua se encontró con la tuya, danzaron juntas, muy pausadamente, casi quieta,
primero en tu boca y después siguieron su baile hasta la mía, donde aquella
mezcla de salivas me supo a preciada exquisitez.
Sentía como todo mi cuerpo se tensaba,
respondiendo con cada célula, a aquel impulso que originándose allí se
transmitía por cada una de mis venas. Yo estaba tan a gusto que no me aburría
de aquellas sensaciones, repetitivas y siempre nuevas. Saturado de humedades la saliva se desbordó a
chorros por las comisuras de mis labios, hasta ese instante mágico en que
mezclada con mis lágrimas siguieron fluyendo a través de mi cuerpo, justo hasta
ese instante, que al ver el reloj, me hice consciente de que hacía muchísimos
años en que no había dado un beso como éste, que ya duraba más de quince
minutos.
lunes, 7 de mayo de 2012
La señorita X
Adela fue siempre
una niña rarita, desde muy pequeña disfrutaba más con los polinomios que con
las Barbies. Creció en tamaño y madurez y aquella afición matemática derivó en
tintes casi enfermizos, por tanto no es extraño que, tras aprobar
brillantemente la Selectividad, decidiera encaminar sus pasos universitarios
hacia tal materia. Disfrutó en aquellos cinco años en que dedicó todas sus
energías a la resolución de ecuaciones, dibujar curvas, calcular vectores y
despejar incógnitas. En cuanto terminó, sin ninguna dificultad fue contratada como profesora asociada en la
Universidad.
Estaba deseando transmitir aquellos
conocimientos que bullían por su interior a sus alumnos. Para Adela aquellos
algoritmos eran toda su existencia, pero para ellos sólo una minúscula parte de
su vida y aquella diferencia de perspectiva los separaba con una honda brecha,
más de lo que para ella era deseable. No
le pasaba inadvertido, porque lo había
escuchado más de una vez por los pasillos, que le habían puesto el sobrenombre
de señorita X. Seguro que tenía que ver,
pensó ella, que constantemente les insistiera en lo gratificante de resolver el
valor de la X.
Esto le fue preocupando,
al principio, y molestando después. Y poco a poco una cierta obsesión empezó a
formar parte de su vida cotidiana. Cada vez que trazaba los palos cruzados de
la x era como si un fino punzón se le hincara en la piel. La situación le fue
agobiando, desconocía lo que hacer, sobre todo cuando ello le provocaba noches
de insomnio y profundas ojeras en su agraciada cara. Sabía que aquello tendría
que salir por algún lado y que en algún instante haría una locura…
Aquel día entró en clase
como cualquier otro, ya llevaban varios días con la Trigonometría, algo que a
ella siempre le había hecho disfrutar y que percibía que a ellos le importaba
no más que un pimiento. Estaba de espaldas escribiendo una fórmula en la
pizarra: 2sen2 x+… Su fino oído captó unas risitas a sus espaldas y
alguien que repetía en tono jocoso : “los dos senos cuadrados de x”… Aquello
fue demasiado, estrelló la tiza contra el suelo y lanzando una mirada de furia
a su auditorio, se sentó sobre la vieja mesa de madera encogiendo sus piernas y,
desprendiéndose de su blusa y del sujetador
con un hábil movimiento, dejó sus orondos pechos al descubierto ante su
asombrado auditorio. Entonces fue cuando dijo aquella frase que nunca olvidaron
sus alumnos y a punto estuvo de convertirse en eslogan de la facultad:
-¿Con que los senos de X son cuadrados? Nada de eso,
¡redondos y bien redondos!
Luego como si no hubiera
sucedido nada siguió el desarrollo de aquellas fórmulas, plenas además de los
senos, de cosenos y tangentes. Algo logró, desde entonces sus alumnos seguían
sus clases atentos y casi aguantando la respiración y nunca más le llamaron
señorita X, sino señorita Adela.
viernes, 4 de mayo de 2012
Lanzo mis pies al suelo
Sacudo mis últimos rastros de sueño, con los
ojos pegados todavía, los cabellos enmarañados y con esa cara que sólo es
atractiva en nuestra intimidad, lanzo mis pies al suelo, palpándolo a la
búsqueda de las chanclas, con esa torpeza característica de los dedos de mis
pies. Corto el aire con mi cuerpo desnudo, bamboleante, mientras levemente
recupero el equilibrio y me dirijo a la
ducha. Abro el agua caliente y dejándome revitalizar por ella, empiezo a
soñarte entre vapores y humos.
Te sueño junto a mí, intentando evitar la
nostalgia creciente de tu ausencia. Esa que, cuando estas lejos, se agarra a mi
piel resistiéndose a abandonarme. Te imagino detrás de mí, con tus uñas
tintadas en color, recorriendo mi pecho de arriba para abajo, gozándome bajo los
chorros de agua ardiente y espumándome todos los rincones, surcando mis
recovecos y jugueteándome con todo lo que me cuelga. Cierro los ojos y vuelo
hasta ti…
Cuando noto mis poros abiertos, a través de
los cuales fluyen todos mis anhelos, cierro el grifo. Tomo la toalla y muy
lentamente desadhiero las gotas de agua de mi piel. Lanzo mis pies hacia las
chanclas y tras secarme la cara me miro al espejo, sonriéndome y recordando que
ahora voy a recogerte a la estación y en poco tiempo esos sueños recientes se
harán realidad.
viernes, 27 de abril de 2012
Descansa tu mano
Acerca tu mano, de dedos finos y uñas alegres, y
pósala sobre la mía, abriéndola a todas las sensaciones que guardas en tu
interior. Déjame reconocer a través de tus dedos el trinar sonoro de tu corazón, que así se aproxima al mío, y
me habla de ti, de lo que sientes y de tus más íntimos deseos…
Que
nuestros dedos se cosquilleen mutuamente, muy despacio, como gozoso prólogo del
inminente estallido que provocará el choque de nuestras pieles, para que esa
suavidad murmulle quedamente y se transmita por todo mi cuerpo. Déjame que
agarre tu mano acogiéndola con la fuerza de la mía y dándote seguridad. Vete relajando poco a poco, descansa tu mano
y, a través de ella, toda tú, mientras te abandonas, acunada por los hilos trenzados de mi cariño.
Deja que nuestros dedos hablen de
nosotros…ese retozar de yemas, esa caricia suave hará que nuestros sentimientos
afloren y podamos pronunciar esas palabras que deseamos, mirándonos a los ojos. Mírame…quiero reflejarme en tus pupilas mientras
tus manos me acarician…mientras me deslizo suavemente entre blandas nubes de
algodón.
En medio de este sortilegio de hondas
sensaciones, deseo sentir tu mano contra la mía, tus dedos hilvanando los
míos…tus ojos penetrando en mi oscuridad… Deja que eso sea posible…
(con la colaboración de Siam)
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