martes, 14 de septiembre de 2010

Antes del baño

      Tras toda esa noche de mutua locura, en la que nuestros cuerpos se confundieron más allá de lo imaginable, el amanecer nos sorprendió abrazados, confundidos nuestros mutuos olores y con la lengua saturada del sabor ajeno. Los movimientos lentos del despertar se tropezaban mimosamente con el otro cuerpo que, tan nuestro, ahora sentíamos. Tus uñas acariciaron mimosamente mi barba como un aviso de que, por unos instantes, tranquilo, que no serían mucho, tu cuerpo se iba a separar del mío unos decímetros.

         Tomaste una toalla amarilla y pudorosamente tapaste esa raja de tus nalgas, que  durante tanto tiempo había conocido y profundizado. Y tu espalda ante ese ocultamiento voluntario, brilló más, si cabe, en su desnudez, provocando hasta lo indecible a mi mirada que te perseguía desde la cama. Tus lunares la adornaban, engalando aquella superficie y haciendo que fuera distinta a cualquier otra conocida. Te sentaste en el borde de la bañera para con un roce, leve como el rumor del vuelo de una mariposa, acariciar la temperatura del agua y señalarme que era la indicada.

               Resbaló tu toalla hasta tus pies y ahora sí al meter tu pierna en el agua, tus nalgas onduladamente abiertas, me hicieron de llamada para que en pocos minutos, acompañara a tu cuerpo en el interior del agua. Me senté apoyando mi espalda en la pared de la bañera y mi cabeza hacia atrás. Te sentaste entre mis piernas de espaldas a mí y tu nuca se apoyó sobre  mi pecho, mientras mis brazos rodeaban tus pechos. El calorcillo del agua en forma de humos azuzó nuestro sopor y, por primera vez en muchas horas, nos quedamos profundamente dormidos.

1 comentario:

  1. Qué mejor que abandonarse y dejarse llevar junto al cuerpo de un hombre.
    Enhorabuena por el blog, Aires. Es bonito construir una historia a partir de una pintura. Realizas muy bien ambas facetas.
    Besitos.

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